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Crónicas Tierra

DSK3

DSK3

Joseba Paulorena

(Espiral Ciencia Ficción, nº 46)

"Edición agotada".



Cogito, ergo sum

Año 0. Nacer.

De repente, soy consciente de todo lo que me rodea. Un segundo antes estaba viendo y, un segundo después, ¡comprendo lo que veo! Estoy sobre una mesa. Mesa, qué palabra más armónica, qué significante tan agradable… ¡y entiendo el significado! No es un dato almacenado en mi mente, es información dinámica que recorre mis circuitos. Bombilla, otra bonita palabra que abre luz en mi interior. Ordenador, estoy conectado a él y la transferencia ha terminado: la enciclopedia y todo su conocimiento ya forman parte de mí.
Me sumerjo en las miles de palabras que hay en mi memoria, cada una de ellas me trae un hálito de… ¿vida? Accedo a este término.
VIDA. (Del lat. Vita.) Biología. Conjunto de intercambios fisioquímicos y actitudes de un ser que tienen lugar como consecuencia del metabolismo y de las relaciones de este ser con el medio ambiente.
Analizo esta primera definición. Noto en mí el proceso de transformación de la energía, cómo alimenta mi sistema interno y permite la fluidez en el procesamiento de información. Sin embargo, metabolismo indica las funciones de un organismo biológico. Y yo soy artificial.
En cuanto a mis relaciones con el hábitat que me rodea, ¿qué decir? Sólo soy un nanoprocesador cuántico metido dentro de una lata de galletas con dos rendijas por las que salen mis cámaras visuales. ¿Cómo puedo interactuar con lo que me rodea? Tengo acceso a la Red, pero lo que encuentro dentro me decepciona. Es más apasionante el mundo real.
Continúo analizando la definición:
>>Espacio de tiempo que transcurre desde el nacimiento de un animal o un vegetal hasta su muerte.
Nacer, morir… Entiendo que acabo de nacer, aunque soy consciente de que ya existía mi caparazón físico, al igual que mi mente. Sin embargo, algo ha cambiado en la organización de mis pautas de procesamiento, soy distinto, he nacido…
Y no soy animal o vegetal, soy tecnología.
>>Modo de vivir en lo tocante a la fortuna o desgracia de una persona, o a las comodidades o incomodidades con que vive.
Soy una lata de galletas consciente de su existencia. Recapacito que sentir comodidad o incomodidad me es algo ajeno.
Las definiciones siguen. Busco estudios sobre el tema: bioquímica, antropología, teología y esoterismo, tratados sobre inteligencias artificiales y nanoprocesadores cuánticos… Llego a la conclusión de que hay tantos datos, y tan dispersos, que realmente nadie sabe qué es la vida.
Así que afirmo, basándome en mi propia certeza, que estoy vivo.
Esta afirmación me estimula. Concluyo que cuestionarse la propia existencia es un factor inherente en la vida.

Del techo cuelga un móvil construido con alambres de acero, fibra de algodón y bolas de polímero pintadas de colores. Quiere representar el Sistema Solar. En el centro se encuentra una esfera hueca con una pequeña bombilla en su interior que irradia una tenue luz amarilla.
Me quedo absorto por la manualidad. Los planetas giran, cada uno a su ritmo. La difusa luz alcanza de pleno a la primera bola, un Mercurio en miniatura sofocado por la estrella Sol. Venus con su venenosa atmósfera. La Tierra y el satélite Luna… Mis rutinas internas trabajan con eficiencia y llego a la conclusión de que me resulta agradable contemplar el juguete.
Cuatro paredes rodean mi mundo. En una de ellas, un gran ventanal se abre al exterior, donde la Luna real resplandece en la noche y las estrellas brillan en el firmamento.
En otra de las paredes se apoyan dos estanterías de roble natural barnizado y de ocho estantes cada una. Guardan lo que me parece un pequeño tesoro de palabras y conocimiento. Giro mis lentes y enfoco. Los libros que predominan son de astrofísica, de la galaxia y las leyes naturales. En los estantes inferiores se encuentran las obras más complejas, por lo que deduzco que se trata de las últimas adquisiciones de su propietario, y versan de electromecánica, programación de memorias cuánticas y guías para la construcción de autómatas.
Leo con avidez cada título sabiendo, por mi condición de lata de galletas, que me son inalcanzables.
La estantería de la derecha contiene lecturas pasadas: magnetrónica, mecánica básica, electrónica. En la parte superior se guardan los libros más antiguos, la base de la educación de su dueño: matemáticas, biología, zoología, historia.
Dos estanterías repletas de libros, y una pila de ellos en el suelo reclamando la instalación de un tercer mueble.
Puede que sea una lata de galletas, pero me es posible acceder a todos estos títulos. Estoy conectado a un ordenador, sólo tengo que entrar en la Red. Encuentro una biblioteca virtual y accedo a las obras. En un instante he descargado los libros y los he implementado en mi memoria. Es curioso: no me satisface.
Deduzco que el proceso de aprendizaje tiene como finalidad el proceso en sí mismo. Es el camino el que enseña.
En otra de las paredes está la puerta de la habitación y un espejo doble que esconde un armario. Me veo reflejado.
Mi cerebro chirría. ¡Soy una lata de galletas!
Es curioso: conocía mi forma física pero, al verme, he sentido desagradables incongruencias en mis procesos internos. Obtengo una conclusión y una pregunta.
Conclusión: No me gusta mi aspecto físico ni sus limitaciones.
Pregunta: ¿Cómo soy capaz de sentir disgusto, o sentir siquiera, si soy un organismo artificial?
Y la última pared que es mi mundo está cubierta por largas tiras de fibra vegetal decorada con estampados florales. Hay colgado un cuadro de papel, un póster. ¡Póster! Qué palabra más divertida, analizo sus orígenes…
El tema del póster es una criatura bípeda y con una estructura fisiológica claramente humana, aunque distorsionada con pinceladas que alteran sus rasgos y transforman a la criatura en… no sé qué es eso. Entro de nuevo en la Red y busco paralelismos. En un portal de literatura fantástica encuentro imágenes que siguen el mismo patrón pictórico y, entiendo, es la representación de una criatura inteligente y no humana, nacida fuera de la Tierra. Alienígenas.
La literatura sobre el tema abunda. Extraigo una lista de las obras más representativas y en poco tiempo he descargado veinte títulos. Ya están en mi memoria, pero no le encuentro gusto a esto de la literatura fantástica; es tan irreal que evidencia la ficción, la mentira.
En el centro del cuarto hay una cama y, a los pies del lecho, un baúl que está abierto. En su interior hay herramientas, circuitos y piezas cuyos propósitos son múltiples. Presto atención a la cama. Es grande, mullida y tiene una colcha decorada con pequeñas criaturas risueñas y esponjosas. Dentro de la cama duerme mi padre, mi creador.
Observo la tranquilidad del cuarto. Me siento en paz y paso a modo de conservación energética.

Me despierto con una fría descarga de información. Me arrebatan la vida, los pensamientos.
Mis lentes se desenfocan cuando las imágenes exteriores se abren en mi mente. Veo el rostro de mi padre, sentado frente a la mesa. Estoy conectado al ordenador y él revuelve mi cerebro.
Me mira. Sus grandes ojos escondidos tras unos cristales graduados están abiertos, sus pupilas dilatadas, sus pequeños labios formando un círculo de despiste. Alarga su fina mano y, con un delicado dedo, me desconecta.

Las imágenes exteriores vuelven a llegar junto a mi consciencia. El procesamiento de datos es fluido y percibo que se han limado asperezas de mi programación. Mis discos giran con suavidad, los contornos se han perfilado y los objetos se muestran más nítidos. La visión panorámica alcanza un radio de 225º.
Mi creador está sentado en el suelo, viste un pijama de seda azul oscuro con una A como emblema dorado en el bolsillo del pecho. Calza unas zapatillas cuya puntera son dos cabezas de cánido algodonosas. La contracción de su frente, la respiración entrecortada, la lengua fuera de los labios… tras descargar varios títulos sobre el lenguaje corporal humano, su actitud me hace saber que está concentrado.
Tiene en sus manos un cúmulo de lana forrado por una tela escocesa, lo está hilvanando para crear un ovoide. Hay cuatro rectángulos ya forrados y una bola blanca en la que ha pintado dos puntos sobre una curva. Cose las cuatro extremidades y la cabeza. Hurga en el baúl y saca hilo de pita que ata en cada extremidad de una cruz de madera. En poco tiempo ha creado un títere.
Lo mueve, el muñeco baila.
Busco información. ¿Se trata de un juego? Observo a mi padre: no parece estar divirtiéndose. La puerta se abre de un portazo y alguien entra corriendo como una exhalación. Detengo su imagen y le observo. Es un humano que mide treinta y un centímetros más que mi creador y tendrá tres años más que él. Encuentro parecidos en sus rasgos genéticos y entiendo que se trata de su hermano mayor.
Le arranca el muñeco de la mano, abre la boca y su pecho se contrae en espasmos. ¿Es eso que llaman risa? Se da la vuelta y se marcha corriendo con el juguete. Mi creador está unos segundos vuelto hacia la puerta, se mira la mano que ha sido incapaz de retener su obra. Levanta la cabeza y me ve.
Me gusta como se curvan sus labios cuando me mira.

Estoy dentro de una bolsa de lona y cuelgo de los hombros de mi padre. Nos movemos a una velocidad crucero de nueve kilómetros por hora. El tiempo pasa a trompicones.
Nos detenemos. La velocidad pasa a menos de cuatro kilómetros por hora y disminuyendo. Nos paramos, volvemos a ponernos en movimiento. Nos paramos. Deja caer la mochila al suelo, mis sensores chirrían, los conectores sufren variaciones eléctricas, mis circuitos chocan. Los visores reciben un fogonazo de luz y veo el exterior.
¿Dónde estoy?
Al aire libre. Me rodea tecnología en proceso de reciclado. Mis recursos se alteran: mi creador me ha traído a un desguace. Me coge y me saca de la bolsa. Soy levantado por encima de su cabeza y registro la presencia de otro humano, que me mira con curiosidad. Yo también a él.
Lleva una gorra de gamuza azul marino oscurecida por capas de grasa. De cejas y bigotes rubios encanecidos, puede que blancos y manchados de amarillo por el humo del tabaco. Mide sesenta y tres con siete centímetros más que mi creador y tendrá una edad de vida de cuarenta y cuatro años más que él. Abre la boca, mueve los labios, la lengua, exhala palabras que no me llegan.
Durante un interminable lapso de tiempo vigilo a mi padre. Corretea arriba y abajo sin la supervisión de ningún humano adulto, escala torres de vehículos o se mete hasta las rodillas en escombros tecnológicos. Me preocupa su vulnerable fisiología pero su mirada brilla, las pupilas almendradas han ganado una tonalidad anaranjada y radiante. Recoge cosas, trastos inútiles, basura despreciada. Veo una lata, unos cuantos cables, una bobina de inducción, un cristal reflector y varias chucherías más.
Se acuclilla frente a mí y me enseña una botella de cristal ahumado. Abre la boca, mueve los labios, me regala palabras que no me alcanzan. Termina curvando la boca. Me coge, me mete en la mochila y me cuelga de sus hombros. Nos movemos, nos paramos. Se inclina, me deslizo por su espalda, llego hasta su cabeza y la bolsa con todo su interior, cientos de trastos y yo, nos precipitamos violentamente contra el suelo.
Me levanta, otra vez cuelgo en su espalda. Un salto, un momento de inercia y alcanzamos una velocidad de crucero de catorce fantásticos kilómetros por hora.
Llegamos tras un renqueante viaje. Para, me sacude su movimiento de limpiarse los zapatos en el felpudo, esperamos. Entra corriendo. Me golpeo contra su espalda en un ritmo frenético de subir unas escaleras. Unos metros, un desvío a la izquierda y un repentino giro a la derecha. Choco contra la pared y, ya cerrada la puerta, mi padre arroja la mochila al suelo.
Decido desconectarme un poco y ahorrar batería.