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Fragmentos del futuro II

Libro 1

Adelanto

Todo lo que desaparece
A pesar del viento, había una calma profunda en el paisaje. Las cosas tenían un punto de ingravidez fantasmal. Dentro de la calma –en torno a la autopista–, todo poseía un aspecto sobrecogedor y parecía que flotara. Rápidamente el sol, justo cuando se empezaba a alzar sobre el horizonte, adquiría su característica forma, tocada de una brillante luz interior, cambiando de un leve violeta a un rojo fuerte, cada vez más fuerte, un rojo tan intenso que resultaba muy difícil de soportar, si se miraba directamente durante unos segundos.
“En Conil, estará soplando el levante”, se dijo Hidalgo, cuando una ráfaga zarandeó con violencia el Volvo al dejar atrás el desvío de Honrubia, imaginando la quietud, la soledad extrema, el arrullo del vendaval que a esas horas se estaría haciendo sentir en la gran terraza del ático. “El levante… el viento que allí siempre sopla...”
Para él el sonido del levante era como la vaga música de un órgano. Cuando empezaba a silbar en el litoral gaditano, había un instante de irritación, de sorpresa desagradable, para, segundos después, transformarse esa irritación, esa sorpresa desagradable, en suave melodía para sus oídos, mientras el resplandor del sol iba bañando poco a poco las ventanas de todo el pueblo y aclaraba la superficie del océano Atlántico, que se arrastraba lenta y perezosamente en dirección al Estrecho, hacia las playas de El Palmar, Barbate, Zahara de los Atunes, que se hacían cada vez más visibles a lo largo de la costa.
Hidalgo en ese momento salió de su ensoñación y se fijó en un panel parpadeante de la autopista. “Caramba, son ya las ocho menos cinco...” Hoy empezaba la Semana Santa. Sonrió sin querer. Había decidido pasar esos días en Conil completamente solo, en el ático que sus padres compraron hace un par de años muy cerca del paseo marítimo, enfrente del larguísimo playón.
Se echó hacia atrás en el asiento y sujetó el volante con una mano. Sobre todo, quería descansar un poco del intenso trajín del último mes: de Oporto a Vigo, de Valladolid a Bilbao, de Tarragona a Valencia, no había parado en ningún momento, desde que le hicieron delegado jefe de Diamond HTE en la mitad norte de la península.
Necesitaba relajarse, no hablar con nadie, reorganizar sus pensamientos ante el alcance de su nueva responsabilidad laboral.
Pero cuando ayer por la tarde recibió la llamada de Luis Betancourt supo inmediatamente que su intención de estar unos días solo en la costa de Cádiz se acababa de ir al garete.
–Hola, Paco. ¿Cómo está mi comercial favorito? –preguntó Betancourt, con aquel tono campechano inconfundible.
–Ah. Hola, Luis... Estoy bien, bien...
Hidalgo titubeó un poco. Posiblemente, si no respondió eso, dijo alguna obviedad por el estilo. O quizá –ahora no lo recordaba con exactitud– sólo se dedicó a asentir, entre tanto Betancourt le emplazaba encarecidamente a que acudiera al día siguiente a su despacho.
–No faltes. Es muy importante, Paco. Ya te daré los detalles mañana en persona.
Pese a que en principio torció el gesto, lo cierto es que Hidalgo había obedecido como un perrillo y, en estos instantes, conducía de vuelta por la A-3.
Saelices; Tarancón; Nueva Tarancón; Perales de Tajuña... Se tocó inconscientemente con una mano el pelo. La mañana ya había levantado; el sol se acababa de separar del horizonte. Sin embargo, aunque faltaba sólo hora y media para la cita, no conseguía quitarse de encima la sensación de escalofrío, de velada amenaza, que desde que ayer vio el rostro de Betancourt en la pequeña pantalla de su multipulsera le había recorrido la espina dorsal.
“¡Dios mío! ¡Precisamente ahora tiene que aparecer en mi vida!”, se dijo, mientras agarraba con crispación el volante de su Volvo Orbit. “¡Precisamente ahora!”
Aceleró por la A-3. Apenas había tráfico. Justo al revés de lo que ocurría en dirección contraria. Al otro lado de la autopista, varios policías se elevaban por encima en sus bombardiers, tratando de descongestionar la circulación: los cuatro carriles de salida de Madrid se mostraban incapaces de contener a los cientos de miles de madrileños que estaban ansiosos por iniciar sus vacaciones de Semana Santa.
Campo Real; Arganda del Rey; Rivas... Hidalgo giró el cuello a la izquierda y a la derecha. Empezaba a notar el cansancio de tanto conducir. Venía de regreso de la zona sur de Valencia, de donde pensaba haber salido directamente hacia Conil, si no se hubieran torcido sus planes.
El lunes tuvo que asistir en Algemesí, junto al nuevo responsable comercial en la Comunidad Valenciana, a la incorporación de un farmacólogo y un investigador coordinador a Laboratorios Haymann. Y el martes de nada menos que tres químicos a la nueva sucursal de Uniroyal Chemical en Tavernes de la Valldigna.
“La nueva sucursal de Uniroyal Chemical”, Hidalgo recordó lo rápido que dicha multinacional había levantado, como quien dice de la noche a la mañana, todo un complejo industrial entre las colinas repletas de naranjales próximos a la A-7, en medio de los términos de Cullera y Tavernes, una “muy criticada” fábrica de cianuro, donde iban a elaborar productos para fumigación.
Redujo un poco la velocidad del Volvo. De haber estado en circunstancias normales, de haberse cumplido sus propósitos y estar como él pretendía camino de Conil, se hallaría deleitándose con lo que realmente suponía –le iba a suponer a él– aquella incorporación de tres químicos de Diamond HTE a una multinacional del calibre de Uniroyal Chemical.
“Una oportunidad magnífica”, pensaría con una sonrisa de oreja a oreja, calculando que aquello no era más que el principio, una puerta abierta a futuras incorporaciones, y que todos sus objetivos para el primer semestre estaban prácticamente conseguidos.
Pero su mente, muy lejos de todo eso, le seguía dando vueltas a la reunión que iba a tener con Betancourt en una hora. “¿Qué es lo que querrá?”, no hacía más que preguntarse, según dejaba los barrios de Santa Eugenia y Ensanche de Vallecas a la izquierda y tomaba el nivel 2 de la M-40 en la siguiente incorporación. “¿Qué es lo que querrá, después de tantos meses?”Un estremecimiento le volvió a recorrer la columna vertebral. Se pasó con nerviosismo la mano por el pelo, mientras continuaba con la cabeza puesta en la reunión... una reunión tan parecida a aquella de hace casi un año, cuando subió a la planta 41 de Torre Espacio, la sede de NuRevlon en Madrid, y preguntó por Betancourt a su secretaria... una reunión en donde la vida de Hidalgo, sin que él lo supiera, iba a dar un giro de ciento ochenta grados, hasta sumirle en las circunstancias más abyectas y peligrosas que jamás pudo imaginar...