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Adelanto La edad del vuelo

A vuestras mentes dispersas

Adelanto de ANTES DEL PRIMER DÍA

Antes del primer día

Raúl A. López Nevado

(Espiral Ciencia Ficción, nº 54)

Mis dos caras divisan el pasado
Y el porvenir. Los veo y son iguales
Los hierros, las discordias y los males
Que Alguien pudo borrar y no ha borrado
Ni borrará. Me faltan las dos manos
Y soy de piedra inmóvil. No podría
Precisar si contemplo una porfía
Futura o la de ayeres hoy lejanos.
Veo mi ruina: la columna trunca
Y las caras, que no se verán nunca.

Jorge Luis Borges, Habla un busto de Jano.



Pero hay cosas que no mueren
y otras que nunca vivieron.
Y las hay que llenan todo
nuestro Universo.
Y no es posible librarse
de su recuerdo.

José Hierro, El buen momento.



Un día, dejarán de ser estériles los campos y volverán a florecer las yermas praderas de Nehelag.

Anónimo, Las Espinas (profecía nehelaguiana).




Instantes previos



Génesis



El hombre, tocado con una capucha oscura, observa a los tres soldados que acaban de entrar a la sala.
–¿Y bien? –pregunta con los ojos hundidos en la penumbra.
–Por el momento permanecerá en el hospital –contesta uno de ellos.
–Quiero que me mantengáis informado de cualquier novedad. Recordad que se trata de un asunto de la máxima importancia.
–Así se hará. ¿Desea algo más, señor?
–No, podéis marcharos.

Los tres soldados hacen una leve reverencia y salen. El hombre permanece en silencio, perdido en sus pensamientos. Por las rendijas de la única ventana, apenas se atreven a colarse algunos rayos solares enrojecidos. La habitación descansa en un autoimpuesto velo de tinieblas; pero al hombre no le importa. Se asegura de que la puerta esté cerrada, y se quita la capucha que le cubre toda la parte posterior de la cabeza. Ha perdido gran parte de su cabello, y pequeños tirones de piel penden sobre su nuca. Se pasa una mano por el cráneo, y comprende con horror que el proceso se está acelerando. No, no lo podrá ocultar durante mucho tiempo.
Se sitúa frente a uno de los espejos que cuelgan de la pared. Al menos su rostro sigue conservándose intacto, aunque la violácea piel ha perdido su tersura alrededor de los ojos y ha empezado a agrietarse. Los ojos están libres del mal por el momento, su rojo encarnado es todavía brillante y vivaz.
Dos golpes secos sobre la puerta anuncian la llegada de un nuevo visitante. Valora un segundo si debe abrir. Se ajusta de nuevo la capucha y se dispone a hacerlo:

–¿Quién va?
–Soy yo, Irene –contesta una voz femenina y dulce, desde el otro lado.

Se apresura a abrir. Una figura, pequeña y delicada, aparece en el umbral. Va vestida con una capa que la cubre hasta los pies. El rostro oculto tras una serie de gasas de tul semitransparentes. Se abrazan unos instantes.

–¿Lo has logrado? –le pregunta.

Ella se limita a contestar bajando el rostro.

–Entonces –prosigue él–, ¿no hay curación posible?
–No para mí, Diógenes. Ya no para mí…

La voz de ella es suave como una plegaria y punzante como un crimen. Le contesta con un grito: un sollozo contenido y cruel. Diógenes ha caído de rodillas, y la abraza. No puede ser. Tiene que haber una solución. Tiene que haberla, ella es su vida y su mundo: su hija, todo su Universo desde que desapareciera su esposa. Finalmente, la mira largamente a los ojos y habla:

–No puedes morir.





Sueños



Agotado por su larga carrera, se detiene un momento para tomar resuello. Los guerreros no tardarán en aparecer, pero sus piernas están a punto de quebrarse y necesita descansar. Alza la cabeza. En el cielo se elevan majestuosas las cuatro lunas triples de Nehelag. Ningún terráqueo antes ha visto un espectáculo como aquél, y ningún otro volverá a verlo. Para cuando el primer ser humano haga su aparición infantil sobre la Tierra, los átomos de aquellos satélites llevarán eones esparcidos por el espacio o formando la materia de otros mundos más jóvenes.
A lo lejos se oyen algunos gritos. Lo han vuelto a localizar. Aquellos malditos sabuesos son infalibles. Reemprende la huida hacia ninguna parte. Es consciente de que sus fuerzas no durarán demasiado, y de que acabará cayendo en las garras de aquellos seres. Atisba un bosque a lo lejos, y se lanza hacia él con la esperanza de encontrar refugio. Atravesando prados azulados y ríos púrpura llega a los primeros árboles. Las gigantescas moles vegetales alzan sus orgullosas copas al cielo. Ángel se deja caer, extenuado, entre sus raíces.
Las figuras de los perros y los cazadores se recortan ya en el horizonte. Las doce lunas iluminan el paisaje dando a la escena un aire espectral. Sólo unos minutos más, piensa, sólo unos minutos más. Acurrucado a los pies de un árbol, Ángel es incapaz de hacer otra cosa que rezar. Por un instante, lo ridículo de su situación casi le hace sonreír. Allí está él, que ha demostrado lo innecesario que es ningún tipo de intervención exterior al Universo para explicar su origen, rezando a un pobre Dios cuyo nacimiento no tendrá lugar hasta de aquí a unos veinte mil millones de años.
Algo se mueve a su espalda. Puede notar cómo cuatro patas se desplazan una tras otra. El miedo acentúa sus sentidos; pero no se atreve a volverse. Cerca. Cada vez más cerca. Oye los jadeos de su respiración, siente el calor desprendido por su cuerpo. Un olor familiar corre hasta los nervios de su pituitaria. En el mismo instante, una manaza enorme se coloca sobre su hombro. Ángel se gira, pero no lo suficientemente rápido como para esquivar la descomunal lengua que le atraviesa la cara de uno a otro lado.

–¡Argos! –exclama con alegría y a punto de desfallecer por la impresión–. Creí que te había perdido.

Es su perro, que ha cruzado junto a él aquellos océanos infinitos de tiempo. Argos lo observa cuidadosamente, sentado sobre sus patas traseras sin parar de mover la cola. Ángel le rodea la cabeza con los brazos, y planta un beso en su frente. A su alrededor, se siguen sucediendo los pasos y los gruñidos. Observa a Argos con la esperanza de que éste comprenda sus deseos. Necesita ganar tiempo. No debe hacer ruido, debe mantenerse silencioso e inmóvil. Argos comprende. Sabe lo que su amo necesita, y sabe cómo lograrlo. Posa sus dos patas delanteras sobre los hombros del humano, y salta hacia atrás. Corre y huye procurando llamar la atención de los cazadores. El animal se va hundiendo en el interior del bosque, hasta que Ángel lo pierde de vista. Hubiera preferido que no lo hiciera, pero tal vez sea su única posibilidad. Se pregunta que será del perro cuando a él lo capturen. Parece ser capaz de cuidarse por sí solo; pero no deja de encontrarse en un lugar extraño.
Uno de los cazadores le hace un gesto a su compañero. Son más altos que los hombres, sus cuerpos están delicadamente moldeados por una musculatura alargada y fibrosa, llevan el cabello largo hasta la cintura y sus ojos refulgen con un tono gris metálico. La apariencia es humana pero a la vez extraña y terrorífica. Los ojos ligeramente rasgados, la piel violácea y pálida, y los músculos elongados y duros como rocas contribuyen no poco a esa impresión de algo conocido tergiversado en formas extrañas y, con todo, pese al miedo, pese al horror que provocan, no deja de haber en ellos un cierto atractivo; sí, como los demonios, como el aspecto sublime de una tormenta, aquello seres también son hermosos.
El primer cazador permanece un instante a la entrada del bosque, oteando entre los árboles. Ángel contiene la respiración. Puede ver su silueta recortada contra la luz rojiza que refleja el río, mientras ruega por no ser descubierto. Tras unos instantes el cazador se aleja. Respira aliviado. Es incapaz de soportar un instante más bajo aquella presión, pero sabe que debe hacerlo, se trata de un asunto de la máxima importancia, un asunto vital e insoslayable, aunque en ese preciso instante es incapaz de recordarlo. Alza los ojos de nuevo, Sélag, el segundo grupo de tres lunas que se destaca contra la bóveda celeste está a punto de alcanzar su cénit. Cuando llegue al punto más alto de su revolución, el peligro habrá pasado. Aquélla es la señal, el tiempo que las tres lunas necesitan para marchar desde el horizonte hasta el centro del cielo es justo el mismo que necesita mantenerse él lejos de las garras de los cazadores.
El cansancio se va convirtiendo en sopor. El hipnótico juego de los tres satélites que forman Sélag en los giros sobre su propio centro, como una rueda que fuera avanzando por el cielo, lo hunde poco a poco en el sueño. Sí, dormir, está tan cansado… en su mente se van acallando los murmullos del pensamiento. Ya no corre peligro, la misión está cumplida, las lunas están en su cenit; ya está hecho lo que había de hacerse. Y él está cansado… muy cansado.