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E. Verónica Figueirido

Juan Carlos Planells

Sergio Parra

"Tanatomanía" (Espiral - CF nº 39)

1.- Haznos una pequeña semblanza de ti mismo: quién eres, qué has escrito o publicado con anterioridad.

Me alumbraron en Barcelona, en 1978. Hasta ahí, normal. Como a cualquier otro niño, me apasionaba jugar con mis soldados, mis coches, mis aviones y con monstruos de diverso pelaje. También normal. El problema vino con el tiempo: cuando empezaba a parecer un poco ridículo que continuara jugando con ellos. Entonces me vi obligado a disimular mis aficiones peterpanescas frente a mis padres y amigos, apenas sacando mis juguetes de su cajón de madera, apenas haciendo ruido con la boca cuando debía simular el estrépito de los disparos o el despegue de un avión.

A pesar de hacerlo siempre a escondidas y sin grandes escenografías, fui descubierto por mis padres en más de una ocasión. Y a los tres se nos quedaba cara de Póker cuando esto ocurría.

Para evitarme estas situaciones, pues, me persuadí para seguir jugando sólo dentro de mi cabeza, en silencio, sin crispar las manos a fin de enfatizar explosiones o el despegue vertical de un F-14. Empezó a suceder todo en el interior de mi cráneo. En la cama, antes de dormir; en el baño; cuando caminaba por la calle; en clase. Aprendí a evitar que se escapase nada: sólo se me ponía vidriosa la mirada y fijaba la vista en un punto indefinido. Era como ver películas con la imaginación. Y todos se convencieron de que, por fin, estaba empezando a madurar.

Todo cambió en los primeros días de Primero de BUP, en la clase de Lengua Castellana, cuando yo contaba con 13 ó 14 años de edad. Un profesor joven, Pep, aún inmune a la frustración de una labor tan poco recompensada socialmente como es la de la enseñanza, nos encomendó dos redacciones. Una debía versar sobre un chico que, de pronto, comienza a flotar. El otro era de tema libre.

Yo jamás había escrito ni una sola línea de ficción. Ni siquiera me lo había planteado nunca. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, dejé salir parte del barullo peliculero de mi cabeza, codificándolo convenientemente en manchas de tinta impresas sobre pulpa de árbol prensada. No conseguí plasmar lo que quería, pero de algún modo me sentí igual que cuando mis manos trasmitían mi imaginación a mis juguetes. Por primera vez en mucho tiempo jugué de nuevo.

Jugué y fui premiado académicamente por ello, algo que me resultó de veras sorprendente.

Aquel profesor me llamó en un aparte, me felicitó, cuestionó que quizá hubiera copiado de algún libro, me alentó a continuar escribiendo más cuentos. A cambio, propuso, de cada cuento presentado, subiría una décima de punto a la nota final de Lengua Castellana. Como máximo podía entregar seis cuentos.

En la medida que tales cosas puedan determinarse, aquella zanahoria constituyó el arranque de mi afición por escribir. Así que, sin apenas esfuerzo, a mediados de curso entregué una novela corta dividida en seis capítulos. (En honor de la verdad, confesaré que la novela era una adaptación libre de un cómic de aire CiFi de Spirou y Fantasio. Él me dijo un día, de buenas a primeras, que también era fan de esos cómics y que los tenía todos, dejando en evidencia mi plagio; aunque le dio igual a la hora de puntuar y valorar mi trabajo).

Aquel verano, me empeciné en escribir una gran novela, una novela completamente original, con la que habría de resarcirme de mi pecado y, a la vez, fascinaría definitivamente a mi profesor. Apenas fui a la playa, apenas cogí la bicicleta, pues sólo quería deslumbrarle de nuevo.

Al inicio del curso siguiente, aquel profesor no volvió. Nunca más regresó. Y mi novela quedó guardada en un cajón.

Por inercia y porque empecé a cogerle el gusto a eso de plasmar lo que veía en mi cabeza, seguí escribiendo incansablemente.

Conocí a otra profesora llamada Roser que también me animó mucho, y que, además, estimuló todavía más mi gusto por la lectura, descubriéndome nuevos autores y permitiéndome acceder a la literatura para adultos.

En 1999, con apenas 19 años, cometí la temeridad de escribir un cuento para enviarlo a un premio de Ciencia Ficción de cierto calado, el Domingo Santos. En mi ingenuidad, me veía preparadísimo.

Más allá de… no ganó, por supuesto, pero sí quedó finalista, y Luis G. Prado, que había formado parte del jurado, me comunicó que le había parecido uno de los cuentos más originales del certamen.

Confió en él y lo publicó en el tercer volumen de Artifex Segunda Época, cosechando críticas con mayor o menor fortuna, aunque algunas muy elogiosas.

Visto que era posible, que mis tonterías podían llegar a interesar a los demás, reuní la confianza necesaria para continuar escribiendo y publicando.

Luego vinieron más cuentos en diversas publicaciones del fandom y de la mainstream, con algún que otro premio. Mi primera novela, What hath God wrought, fue finalista del Premio UPC de Ciencia Ficción de 1999, y la segunda, La granja de Dios, recibió el Premio Pc-Actual en 2001, y también fue seleccionada para la oferta de libros PDF de Microsoft Reader. Luego vino Frío, una novela romántica que enmascaraba una de ciencia ficción, que fue publicada por Septem Ediciones en 2005 y recibió el Premio Ategua Castro del Río de Novela en 2003. 2006 ha sido mi año más prolífico. Bitis tm, publicado por Mundo Imaginario, recibió el Premio Libro Andrómeda; La moleskine recibió el prestigioso primer premio en el Certamen Nacional de Narrativa Caja Castilla la Mancha “Valentín García Yebra”, que fue entregado en un acto multitudinario por la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega, y publicado por Ediciones Nostrum. También recientemente Grupo AJEC sacó a la luz Jitanjáfora, una novela de magia laica.

2.- ¿Qué palabra, idea o sentimiento puede resumir el concepto de tu libro?

El concepto de impostura, sin duda, impregna todo el texto, aunque sea subliminalmente. El concepto de inventarnos nuestra propia vida.

Siempre me ha fascinado la idea de que, en realidad, nos acostumbramos a ensayar e interpretar todos nuestros actos frente a los demás, hasta que dejamos de ser actores advenedizos y, entonces, lo hacemos tan bien que nos engañamos incluso a nosotros mismos. La gente, a mi juicio, entonces deja de ser natural. Uno ya no toma un café o pasea por la calle, uno hace el papel de alguien que toma un café o pasea por la calle, milimetrando cada uno de sus movimientos, que no son más que una mimesis de algún actor o persona referencial de gran carisma.

No puedo evitar ser demasiado consciente de esta impostura, tanto en mí como en los demás; de la posición premeditadamente cinematográfica al sentarnos, al entrecerrar los ojos cuando damos una calada a un cigarrillo, como persiguiendo un pensamiento furtivo, al andar fachendosamente, al vestir así o asá, al peinarnos, etc. Somos escaparates de nosotros mismos.

Un héroe, el protagonista de una gran hazaña, el salvador, el bueno sin mácula, el donjuán de vuelta de todo, pues, debería ser el paradigma de esta impostura: dependiendo del contexto cultural en el que debe convertirse en tal, se verá obligado a cuidar hasta el más mínimo detalle de su interpretación, vestuario y escenografía. El héroe, por lo tanto, no sería más que un grandioso actor al que no se le cae la cara de vergüenza ante tanta afectada teatralidad (al menos, cierto tipo de héroe que ha entronizado la cultura popular).

Tanatomanía trata de llevar este planteamiento hasta sus últimas consecuencias. Y, de paso, trata de salvar el mundo. Pero sólo de paso.

3.- ¿Cuánto has tardado en escribirlo?

La narración, aunque ucrónica en ciertos detalles, transcurre en el Ochocientos que reflejan los libros de Historia, así que la parte de documentación previa fue monstruosa. Calculo que cuatro o cinco meses de leer y tomar infinidad de notas, que en su mayoría fueron descartadas a última hora.

La escritura fue bastante rápida: para darle un tono poético, litúrgico y solemne al acto (pues a pesar de que soy demasiado consciente de las imposturas, me gusta servirme de ellas para mis fines), la escribí toda en un cuaderno moleskine como el que aparece en la trama, y lo hice en Munich, en los bier gartens del idílico Jardín Inglés durante los días soleados, o en los cafés típicamente bávaros en los días de lluvia y frío (que fueron bastantes). Eso supuso, aproximadamente, un mes. Las correcciones y añadidos posteriores supusieron otro mes: esta vez en la más bulliciosa de las cafeterías de la Universidad Autónoma de Barcelona.

(Sí, el silencio me desconcentra: es una de tantas y tantas manías).

4.- ¿Cómo fue su realización? ¿Te ha costado mucho? ¿O, por contra, te salió de una manera fluida?

Creo que, como me enrollo como una persiana, ya he contestado a esta pregunta. Sólo añadir que para mí no existe la inspiración, ni las musas, ni nada parecido. Tampoco me parecen importantes las habilidades innatas. Cuatro o cinco horas cada día, frente a un folio en blanco o el ordenador, durante meses o años, y al final, con la suficiente dosis de transpiración, las cosas salen fluidísimas.

5.- ¿Lees mucha CF? Coméntanos alguno de los últimos libros que hayan caído en tus manos.

He de confesar que cada vez leo menos CF. Corrijo, va por épocas. Pero ya no la defiendo a ultranza, como otrora, como un género total, superior a los otros géneros. He descubierto novelas que nada tenían de ciencia ficción que han conseguido transportarme a otros planetas.

Soy un ferviente defensor de la hibridación, del mestizaje, y me molestan sobremanera las etiquetas; a veces, incluso, me molesta que una novela tenga autor, porque también funciona su nombre como una forma de etiquetaje y origina los mismos prejuicios en el lector.

Sin embargo, la última novela que he leído es una recopilación de cuentos de Ted Chiang, La historia de mi vida, y dos o tres de sus cuentos me han parecido astronómicos, de los que reajustan tu manera de ver las cosas. Eso me gusta.

También estoy terminando un grandioso ensayo, Una breve historia de casi todo, de Bill Bryson
, que debería sustituir a muchos de los libros de texto del colegio: así, en vez de castrar la curiosidad de los alumnos, seguramente ésta se volvería omnívora.

6.- ¿Quienes son los autores que más te han influido?

Luis Landero, cuya prosa, tan perfecta y evocadora, me obliga a releer El mágico aprendiz regularmente.

Felipe Benítez Reyes, otro esteta, pero mucho más iconoclasta (no en vano, es un excelente poeta), que felizmente se ha hecho con el Premio Nadal de este año; sirva ello para que más gente empiece a conocerle.

José Carlos Somoza. Atrevido en sus argumentos, lúdico con la metaliteratura, buscador de metáforas asombrosas. Lástima que la fama parece que le está perdiendo.

Paul Auster, sencillamente complejo, mágico; parece un encantador de serpientes.

Eduardo Mendoza. Aunque tenemos un conflicto personal entre nosotros, he de admitir que sigue maravillándome con sus novelas.

Juan Manuel de Prada. Pedante, muy pedante, pero con él no me hace falta leer el diccionario para enriquecer mi vocabulario.

Robert J. Sawyer, Scott Card, Connie Willis, Christopher Priest… y seguro que muchos más que, inconscientemente, a nivel freático, han afectado a lo que escribo y a cómo lo escribo. Los exegetas dirán.

7.- Tanto de CF como de cualquier otro género, ¿qué libros son los que tú puedes considerar obras maestras y por qué?

Me gusta mucho una frase que una vez leí: cien individuos, que por separado pueden constituir un conjunto distributivo de cien sabios, cuando se reúnen pueden formar un conjunto atributivo compuesto por un único idiota. De manera menos ampulosa: los clásicos, los que la mayoría consensúan como obras maestras, suelen dejarme más bien frío. Así que optaré por una lista muy personal y heterogénea:

El mágico aprendiz, de Luis Landero. Mi libro de cabecera. Formalmente, una delicia. Argumentalmente, nunca me he sentido tan identificado con un personaje: sí, siento especial predilección por los ancianos en las postrimerías de su vida que, tras un repaso de conciencia, se dan cuenta de que han despilfarrado su existencia; y tal vez, sólo tal vez, aún no sea tarde para perseguir sus sueños. No quiero entrar en interpretaciones freudianas.

Dafne desvanecida, de José Carlos Somoza. Un libro sobre los libros, una entretenida trama de metaliteratura que, tal vez, no resista una segunda lectura, pero que demuestra cuán atrevido y arriesgado se puede llegar a ser con un argumento.

El palacio de la luna y Leviatán, de Paul Auster. Mágicas, ambas, a su manera. Construyen mundos alienígenas en nuestra propia realidad.

Y vamos con algunos ensayos:

El mundo y sus demonios, de Carl Sagan. Porque nadie ha explicado tan bien qué significa tener una visión científica de las cosas y los perjuicios que produce la falta de espíritu crítico.

Destejiendo el arco iris, de Richard Dawkins. Porque derriba una creencia muy arraigada: que la ciencia es fría, cuadriculada, desapasionada, deshumanizada, corta de entendederas y, bajo ningún concepto, tan bella y sugestiva como una obra de arte.

Cómo funciona la mente, de Steven Pinker. Porque desvela por qué hacemos lo que hacemos y por qué reaccionamos como reaccionamos de un modo muy fresco y entretenido.

La tabula rasa, de Steven Pinker. Porque hace tambalear creencias que parecen intocables acerca del aprendizaje, la influencia de los padres, la educación, la violencia y el lenguaje.

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero y Un antropólogo en Marte, de Oliver Sacks. Los libros de desórdenes neurológicos más fascinantes que he leído nunca: ciegos al color, aquejados de verborrea fantástica, orquestas instaladas en el interior de tu cráneo que suenan a todo trapo día y noche, chistosos patológicos, genios autistas, etc.

8.- ¿Cómo ves el panorama de la CF mundial?

Ignoro bastante lo que se cuece, no me atrevo a opinar. Yo sigo disfrutando de muy buenas novelas de reciente gestación, sobre todo de las denominadas slipstream.

9.- ¿Y español?

Parece que hay más producción que nunca, más oportunidades para publicar, mayor proyección internacional. Imagino que esto es innegable. Esperemos que la comunidad lectora pueda digerir tantas buenas iniciativas.

10.- Después de este libro tuyo en Espiral, ¿cuáles son tus planes? ¿Estás escribiendo algo ahora mismo?

¿Planes? Seguir vaciando mi cabeza de historias, que hay para rato. Y, si me dejan, seguir publicándolas. También me gustaría explorar nuevos medios para transmitirlas, como los textos electrónicos trufados de hipervínculos, enlaces musicales y enciclopédicos y demás gadgets que hoy en día sólo se aplican a los blogs. Me gustaría publicar más cosas bajo licencias copyleft, de las que soy un férreo defensor.

Actualmente sigo manteniendo mi blog (www.sergioparra.com); una novela podcast (audiolibro en mp3 con una arquitectura de sindicación similar a la de un blog), titulada Las gafas de Platón, que trata sobre la disfuncionalidad y la trágica insularidad del genio (un misántropo genio que se reencarna en un bebé recién nacido, para más inri); y estoy a punto de empezar a escribir una ambiciosa novela de ciencia ficción ambientada en un contexto muy original y extraño, lo cual ya es mucho teniendo en cuenta mi pereza consuetudinaria.