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Devoradores

Democracia cibernética

DEMOCRACIA CIBERNÉTICA
335 páginas · 15 €

Joan Antoni Fernández

(Espiral Ciencia Ficción, nº 45)



La Era Antigua acabó a finales del siglo XXI, cuando una gran crisis sacudió la Tierra. La Humanidad vivía en un mundo globalizado, controlado por empresas multinacionales e inmerso en un capitalismo salvaje. Tan sólo las élites de los consejos directivos gozaban de privilegios, mientras gran parte de la población sufría enfermedades y moría de hambre. En semejante marco hubo un largo periodo de luchas internas por el poder. Valores como Libertad, Patria y Justicia se habían convertido en conceptos como Mercado, Empresa y Beneficio. Enormes ejércitos de hombres y máquinas, al servicio de corporaciones rivales, se enfrentaron a muerte por el control de los últimos recursos del planeta.
Fue una época convulsa y el mundo entero se convirtió en un sangriento campo de batalla, con millones de muertos y una enorme destrucción. En aquel estado de cosas, un nuevo movimiento revolucionario aglutinó a millones de humanos bajo la bandera de la Gran Idea. Tras formar un poderoso ejército y derrotar a las tropas corporativas, los vencedores se unificaron en un gobierno común.
La Tierra quedó devastada y casi sin recursos, ni siquiera la vieja Europa se libró de la masacre. Pero en el noreste de la península ibérica, en una de las zonas menos castigadas por la guerra, se edificó Ciudad Central. Millones de personas sin hogar acudieron de todas partes para ayudar en la construcción de la que sería futura capital del mundo.
Aunque la civilización humana sobrevivió al desastre, se tardaría años en recuperar el nivel tecnológico perdido. No obstante, había motivo para la esperanza: tras el triunfo de la Revolución Azul y el hundimiento de las corporaciones, se anunciaba una Nueva Era.

Fragmento de “El inicio de la Nueva Era,
la raza humana en crisis.”




C E R O
El carromato arrastrado por un par de mulos traqueteaba a través de un sendero repleto de piedras. Bajo la gruesa lona sus ocupantes eran zarandeados por el movimiento, a la vez que los ejes de las ruedas chirriaban sin cesar. Eran las primeras horas de la tarde, pero las altas copas de los pinos apenas dejaban pasar los rayos del sol. El conductor del carro, un hombre de edad mediana y tez morena, tensó las riendas y se giró de lado para hablar hacia atrás.
–Preparad la escopeta. Creo que alguien se ha movido entre los árboles.
La mujer y el viejo sentados en el interior de la carreta se miraron un momento en silencio. Mientras el anciano se aprestaba a cargar los cartuchos en una antigua escopeta de dos cañones, la mujer se inclinó sobre una niña que dormía en un rincón y la tapó con una sucia manta.
–¡Dios mío! ¿Serán bandidos?
–No lo creo –repuso el anciano mientras se sentaba junto al conductor–. Estamos muy cerca de Ciudad Central y los escuadrones de vigilantes controlan todo el perímetro. Esta mañana ya nos han sobrevolado varios hidrópteros.
–No me fío –el conductor rechinó los dientes sin desviar la mirada del camino–. En estos tiempos resulta peligroso desplazarse fuera de los núcleos urbanos. Sin repetidores de señal nuestros celulares no funcionan bien, casi no hay carreteras y la vigilancia aérea es insuficiente. ¡Mira, hay alguien bajo ese gran pino!
A pocos metros una figura había surgido de entre las sombras, plantándose en medio del sendero con la mano en alto. Se trataba de una mujer atlética, de aspecto decidido y vestida con un viejo uniforme militar. Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta, mostrando un rostro duro de mirada enérgica. El anciano acarició la escopeta que llevaba atravesada en el regazo, observando con preocupación que la desconocida portaba en bandolera un fusil de asalto.
El conductor del vehículo tensó las riendas con energía, frenando el cansino avance de los mulos hasta detenerlos a escasos centímetros de la figura inmóvil. Ésta permaneció impasible y sólo bajó la mano para acariciar el hocico de uno de los animales, el cual resopló nervioso. Los agudos ojos de la recién llegada observaron a los dos hombres con atención. Una rápida sonrisa cruzó su semblante al descubrir la escopeta que el viejo sujetaba con cierto nerviosismo.
–Saludos, ciudadanos –habló con voz firme usando el idioma european–. ¿Vais a Ciudad Central?
–Así es, ciudadana –contestó el más joven en la misma lengua–. Nos han dicho que hace falta mano de obra para construir la nueva capital. La guerra nos ha arruinado como a tantos otros, por lo que buscamos trabajo y cobijo.
–Mi hija y yo también vamos para allá –la mujer señaló hacia un lado del camino y los dos hombres descubrieron entre las sombras a una niña con la espalda recostada contra el árbol–. Ella está cansada de tanto caminar. ¿Podemos ir en vuestro carro? No os causaremos molestias.
–Por supuesto –la mujer que iba en el interior se asomó con una gran sonrisa–. Ambas sois bienvenidas. Podéis subir por detrás, nuestra pequeña está durmiendo y tu hija puede estirarse a su lado.
La otra le devolvió la sonrisa y se acercó a su hija para conducirla del brazo con gran delicadeza. Ambas subieron de un salto a la parte posterior del carromato, la niña bostezando y los ojos medio cerrados por el cansancio. Su madre la condujo junto a la cría dormida y la recostó en las tablas del suelo, sentándose luego frente a la otra mujer.
–¿Eres veterana de guerra? –preguntó el viejo desde el pescante, mientras el vehículo se ponía en marcha–. Por la forma de moverte se nota que has estado en el ejército. Además, veo que tienes un fusil de asalto y llevas en la muñeca un comunicador militar.
–Sí –respondió ella mirándose la mano con el ceño fruncido–. El celular es un APC, el nuevo modelo con ordenador personal. Esto y el fusil fueron mi único regalo por los servicios prestados. Hace un par de meses me hirieron en campaña y fui licenciada del ejército, por lo que ahora no tengo empleo. Mi nombre es... –vaciló– ...Gloria Viejo. Ella es mi hija Aurora.
–Mucho gusto, Gloria –sonrió la otra mujer–. Yo me llamo Joana Linton, y ellos son mi marido Joel, su padre Josep, también veterano de guerra, y nuestra hija Norma. Venimos del Norte y también nos dirigimos a Ciudad Central en busca de una oportunidad.
–¡Tonterías! –el viejo bufó despectivo, entrando en el carro para sentarse junto a ellas–. ¡Yo ya estoy harto de ver ciudades! Desde que la lejana Gran Crisis del 2049 provocó la Guerra de las Alianzas, he combatido por toda Europa. Fui de los primeros en abrazar la causa de la Revolución Azul, luchando contra esos malditos gobiernos de las corporaciones que nos explotaban. Cuando mi hijo todavía era un mocoso formé parte del primer ejército revolucionario en la batalla del río Loire, llegando hasta las puertas de París. ¡Y luego estuve en Berlín, donde las malditas tropas de la Alianza Corporativa nos hicieron correr de lo lindo con sus ataques bacteriológicos! ¡Qué demonios, soy un superviviente de la batalla de Varsovia! Llevo más de veinte años de luchas sobre mis espaldas, ya sea en las guerrillas o en el ejército organizado, siempre enfrentado a esos bastardos de las corporaciones. Pero no me hace ninguna gracia ir a apretujarme con millones de refugiados en Ciudad Central. He visto tantas ciudades destruidas, tantos muertos, que prefiero mil veces la vida en el campo.
–No nos cuentes batallas, padre –su hijo se unió a la conversación desde el pescante–. Por mucho que te disguste, hoy en día se está más seguro en Ciudad Central, o en cualquier otra capital del planeta, que no en alguna pequeña población. El Ejército todavía sigue luchando en África y América, además se dice que quedan cyborgs descontrolados por ahí. Por culpa de la guerra se ha perdido gran parte de la tecnología, ni siquiera se puede establecer conexión con los satélites de observación para lograr una buena vigilancia del territorio. Aislados en el campo, con la única ayuda de una miserable escopeta, no podríamos defendernos de un ataque. Vale más unirnos a esos millones de personas que están construyendo la Nueva Era, donde brigadas de vigilantes bien armados mantienen el orden. Por otra parte, cuando Ciudad Central esté acabada será la capital del mundo. Si nos establecemos allí y encontramos buenos empleos, seguro que en el futuro gozaremos de gran prestigio.
–Mi marido y yo éramos técnicos en programación y transmisión de datos –explicó la otra mujer con orgullo–. Nos han dicho que el proyecto M.P.P. 540 precisa de muchos especialistas en informática y telecomunicaciones, sin duda será fácil que nos contraten.
–Yo también soy técnica de sistemas –Gloria asintió–. Tienes razón, el proyecto M.P.P. 540 es muy complejo, y no sólo por la propia construcción de la supercomputadora. También habrá que crear una red de clusters de alto rendimiento, además de cablear toda la ciudad para instalar infinidad de nodos. Y no únicamente en Ciudad Central, la red ha de ser mundial. Será muy laborioso configurar una red transcontinental de conexiones entre centros analíticos, estableciendo enlaces seguros entre los satélites y el superordenador central. Tan magna obra durará años y precisará de miles de técnicos y especialistas a su servicio.
–Cierto –el conductor sonrió hacia atrás con orgullo–. Por no hablar de la creación de un nuevo software con lenguaje propio, su encriptación y mantenimiento. Yo estoy especializado en el desarrollo de almacenamiento de datos y te aseguro que será una labor titánica. Pero cuando la Red vuelva a funcionar por todo el planeta y la interacción con los usuarios sea perfecta, sin duda ese día iniciaremos una gloriosa etapa de prosperidad.
–Sí, claro –el rostro de la mujer se ensombreció mientras miraba hacia su hija dormida.
Ya no había vuelta atrás, pensó apesadumbrada. Tras largos años de lucha y sacrificio resultaba imposible deshacer todo lo creado hasta el momento, máxime cuando la inmensa mayoría de la población apoyaba la Revolución Azul y su propaganda oficial. Los cambios que se avecinaban eran irremisibles y afectarían a toda la Humanidad, no había forma de evitarlo.Para bien o para mal, la Nueva Era había empezado.