Versión de texto
Versión de texto

Juan José Aroz Contacto Información legal

Versión imprimible

Nina

Democracia cibernética

Devoradores

Sector C. Miércoles. 21:34, horario artificial.
La moneda entra limpiamente en la ranura, impulsada por el ágil dedo de la mujer. Cae veloz, golpeando con estrépito los ángulos del estrecho canal que la absorbe. Sin embargo, en lugar de acabar tintineando en el saco de la recaudación, vuelve a estar fuera en dos segundos, escupida por el orificio de las devoluciones. Maya frunce el ceño, evidentemente disgustada. Recoge el dinero y lo introduce de nuevo a la altura que le indica la flecha. Ya lo ha hecho antes un par de veces más. No malgastará su tiempo con un cuarto intento. Sospecha que el cantinero la observa y que evalúa su ineptitud, y eso la enfurece, le hace desear que los cincuenta finos no activen el selector musical para girarse y poder cantarle las cuarenta.
Los sentimientos que provoca en ella ese tipo son contradictorios. No los entiende. Hay momentos en los que logran charlar casi como amigos y ocasiones en las que cualquier excusa les sirve para iniciar una agria discusión. Pero es el propietario del único bar con licencia ampliada en el sector C, lo que significa que si quiere beber una cerveza después de las 20:00 –hora artificial– no tiene más remedio que acudir a ‘La ilusión verde’. Y a menudo considera más importante echar un trago que evitar encontrarse con Jeremías, que sigue guarecido detrás de la barra semicircular, adosada a la pared del fondo.
El tabernero lleva dos décadas regentando aquel garito de extractores, montadores y mecánicos, y el aburrimiento está profundamente marcado en cada una de las arrugas que atraviesan su frente. Con la mano izquierda hace girar sobre la barra un paño húmedo y descolorido. Limpia sin necesidad, pues aunque hace una hora la superficie metálica estaba anegada por las huellas de copas, vasos y tazas, ahora ya no quedan más rastros que los rayones y las abolladuras del tiempo. Limpia sin dedicación, atento a la medida parsimonia de Maya. Es una mujer extraña, poseedora de una ironía amargada y poco recomendable en un sitio como Hades IV. La intencionalidad de sus palabras le resulta a menudo casi tan esquiva como las ratas del almacén, que no se dejan cazar ni a tiros porque sólo existen en la imaginación de él. Ella es foránea, jamás podrá disimularlo. Trajo consigo bien arraigadas las tontas manías democráticas de la Tierra, que la condenan, opina el cantinero, a la inadaptación eterna.
–¿Por qué no funciona este trasto, camarero? –vocifera Maya mientras se vuelve, plenamente consciente de que Jeremías odia aquel apelativo. El tocadiscos, nada dispuesto a colaborar, acaba de devolver por tercera vez la moneda.
–El aparato va bien –refunfuña él, sin detener el movimiento de su bayeta–, sólo es que lo he desenchufado hace rato.
–No fastidies, Jeremías, todavía falta media hora para las diez.
–Media hora no, veinticinco minutos. Ya conoces los horarios. La cocina cierra a las nueve, y treinta minutos después, ni uno más, apago la máquina. Como dios manda que así lo hago.
–¿Como dios manda? –las pupilas de Maya chispean sin restos de irritación, divertidas por aquella expresión inapropiada en boca de un seguidor de Baal. Su humor ha cambiado de repente, y ahora le brota la voz con la misma energía que cae en los convertidores el titanio líquido de la fundición– ¿No crees que confundes al señor de los cielos con una divinidad más mundana, quizá consistorial?
El cantinero relaja la tensión de su rostro enjuto, suspira, se atreve incluso a esbozar una sonrisa cansada. Después de todo, la mujer tiene menos ganas de discutir que otras noches. Arroja el paño al cubo que está a sus pies, le hace un gesto para que se acerque. Ella guarda la moneda en el bolsillo de su pantalón y atraviesa el local, vacío de gente. Los taburetes, de plástico claro y con respaldo, están recogidos boca abajo sobre la decena de mesas redondas repartidas por el local.
–Esa barba canosa te avejenta –asevera Maya después de acodarse en la barra–, aunque me pareces un chaval cuando sonríes así, enmarcado por todas las botellas de las estanterías. Es como si las hicieras relumbrar.
Jeremías arruga su nariz inmensa y oculta los ojos tras las dos finas rendijas que forman sus párpados. Posee la suficiente experiencia como para reconocer cuándo le adulan.
–No me engañas, aranera. Tampoco conseguirás que me olvide de lo que has dicho. Te pareceré gastado y lastimoso, pero aún soy capaz de darte buenos consejos. Guarda más respeto al señor alcalde, o al menos intenta ser prudente cuando manifiestes tus opiniones. Conmigo no has de preocuparte, pero demasiadas veces te he oído despotricar del Ayuntamiento en pleno habiendo delante más de un chivato. Me asombra que no te hayan denunciado todavía.
–Olvídate de esa panda de totalitaristas, por favor, que no me apetece hablar de ellos –Maya sacude la cabeza antes de continuar–. Prefiero que me sirvas otra caña, camarero, y que vayas y enciendas la máquina.
–Oye, niña –replica él, molesto de nuevo con la actitud irrespetuosa de la mujer–, ¿por qué no te largas a casa y telefoneas a esa mamá tuya que vive en Erfurt?
–Hay que joderse contigo, hombre. Según aquella reliquia –Maya señala el reloj de péndulo electrónico situado junto a la entrada del aseo– aún te quedan veintidós minutos para cerrar.
–Aclaremos un par de puntos –el hombre se envara al tiempo que su palma golpea el mostrador–. Si quiero echo ahora mismo la persiana, eso lo primero. Y segundo: detesto que me llames camarero. Nadie lo hace, todos saben que me molesta. ¿A cuento de qué viene esta actitud?
Maya humilla la mirada, aprieta los labios en un mohín que es entre rebelde y avergonzado. Retrocede unos pasos hasta que llega al centro de la taberna. Voltea una banqueta en la que a continuación se sienta y observa durante largos segundos a Jeremías. La oscuridad creciente del exterior se cuela por los cristales de la ventana y la puerta, orientadas ambas hacia la plaza central del sector. Las farolas continúan apagadas.
–Perdóname –ruega al fin–, pero hoy tengo uno de esos días en los que no puedo ser feliz.
Ante semejante declaración, Jeremías decide condescender. Aparta el deseo de ir a casa con su esposa y prepara una cerveza para Maya. Rodea la barra para depositar la bebida sobre la mesa, entre los brazos extendidos de la mujer.
–Toma –le dice–, pero sólo hasta las diez. Ya fregaré el vaso mañana.
–Tienes un gran corazón –reconoce ella después de echar un trago–. Si quieres, en compensación, te ayudo una mañana a pintar las paredes. A ese verde le falta fuerza; un naranja convertiría ‘La ilusión’ en un local mucho más moderno.
El tabernero niega levemente con la cabeza, pues considera que la apariencia de su negocio se ajusta con precisión a las funciones que cumple. Es sencilla y eficaz; es parca y ecléctica. El suelo está cubierto de azulejo sin dibujo, fácil de limpiar. Hay un zócalo de ladrillo bastante elevado –de cerca de un metro de altura– que acaba en un remate dentado del mismo material. Detrás de él surge la pared, cubierta de ese color cuya palidez entristece a Maya.
–Si pintara como sugieres –señala Jeremías– tendría que cambiar el nombre de este lugar. ¿Por qué crees que se llama ‘La ilusión verde’? ¿Sólo por la cerveza que os sirvo? Si me paso al naranja me vería obligado a importar zumos mediterráneos. Además, esto se asemejaría demasiado al burdel del sector D.
–¿Y qué hay de malo? –retruca la mujer– ‘La liga fantástica’ era lo único que realmente me gustaba de la cúpula, igual que a los jóvenes de los asentamientos menores. Lástima que hayan mandado cerrarla.
–No me dirás –se escandaliza el cantinero– que eres de las que visitaba ese antro. ¿Has estado dentro muchas veces?
–Ni una sola, aunque curiosidad ya tenía –Maya intenta sonreír con picardía, pero sólo esboza una mueca desanimada–. Ocurre que me atraía porque era lo único que daba cierta frescura a todo este rancio Plutón.
Se observan durante unos segundos, ella sentada y él estirado, en pie, al otro lado de la mesa. Jeremías escucha el rítmico latir del péndulo, pero en vez de volverse a comprobar la hora coge otro taburete y se acomoda frente a Maya.
–Me da la sensación de que quieres contarme algo. Deberías acudir a un psicólogo o a un guía espiritual, que son quienes se encargan de escuchar las penas humanas, pero a estas horas deben de estar ya roncando –dice, dando de esta manera pie al desahogo atropellado de la mujer.
–Añoro la Tierra. Reconozco la belleza natural del paisaje de ahí afuera, pero visto un vídeo vistos todos. Me parecen iguales. Siempre la misma luna estática e imperturbable, el mismo vacío estrellado, la misma noche eterna. Fuera brilla el Sol, pero su luz está en un pozo tan profundo que sólo arranca brillos mortecinos al hielo de la superficie. Mi Planeta Azul es tan diferente, tan luminoso y tan vivo… Yo lo veo como una criatura cambiante por cuyo espinazo puedes caminar sin temor a cansarte. Los aromas, los sonidos, el viento, todo varía sin parar. Y hay tal concentración humana que ni intentándolo llega una a sentirse sola.
–¿Cuánto tiempo llevas entre nosotros? –interrumpe Jeremías, incomodado por la comparación. Aunque no pensaba intervenir hasta que la mujer terminara, considera necesario rebatir su argumentación. Mientras ella responde, saca la hierba de su tabaquera y comienza a preparar un cigarrillo.
–Cinco meses y ocho días –aclara Maya, que tuerce el morro y desvía la mirada hacia un lado–. Llegué a comienzos de marzo.
–Casi medio año y no has sido capaz de apreciar que el aire que respiras está limpio. Qué más da que lo muevan las máquinas.
–¿Y eso que tienes entre las manos?
–Esto es tabaco sin alquitrán, importado virgen. Terapéutico, aromático y totalmente aceptable para los pulmones. Casi medio año, niña, y aún no valoras el esfuerzo constante que hacen zoólogos y botánicos por mantener exuberante el invernadero. ¿Te parece todo ese arbolado menos fresco que ‘La liga fantástica’? Por los cuernos de Baal, tú sabes que se abren nuevos capullos cada semana. Eso es vida y no la que guardan los malogrados ecosistemas de la Tierra.
–Oh, vamos, yo no sé nada. Yo no he estado en el invernadero ni tú tampoco.
–No nos dejan entrar –apostilla Jeremías– porque guarda un equilibrio demasiado frágil.
–O porque sólo existe en vuestra imaginación pueblerina. Así os lo exige la fe, ¿verdad? Creed en lo que no veis, en lo que no veréis nunca. Los únicos capullos que he conocido aquí son el alcalde y sus secuaces. De todas formas, lo que más detesto de Hades IV es que no me permite diluirme entre la masa. La rutina de los sentidos sería llevadera si no tuviese que andar pendiente de lo que puedan hablar de mí a escondidas. Me jode que las cosas funcionen así en este manicomio, que no puedan decirse abiertamente porque esté cada vez un poco más prohibido y porque, además, haya quien se empeñe en deformarlas y repetirlas a los cuatro vientos.