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Juan José Aroz Contacto Información legal

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Devoradores

Capítulo 1

Capítulo 1

Noticias de Casandra

Aún no daban las seis de la mañana de un miércoles, doce de octubre de 2069. El gran jefe del F.L.A. (Frente de Liberación Africano), Messalí Hadjani, ya estaba en pie. Tomaba una primera infusión de té mientras miraba a través de la ventana del salón presidencial de la Mezquita de Al Zaituna.
Pese a su antigüedad, esta construcción se erigía como el único inmueble que podía albergar con seguridad al líder carismático que él representaba. Las reformas realizadas en la edificación durante la primera década del tercer milenio, le conferían la imagen de una gran atalaya, sobre todo desde su parte frontal, orientada al este, donde la torre había sido elevada en quince metros.
Messalí echaba un vistazo a la calle desde una ventana de esa atalaya. El fantasmagórico aspecto que observó, disfrazaba lo que fue la gran ciudad de Túnez. Qué lejos quedaban ya aquellos tiempos en que, siendo un niño, correteaba sobre las aceras tras un balón de fútbol, imaginando que algún día llegaría a ser como alguno de sus ídolos que emigraron a países europeos. Aquel sueño se borró y su opinión sobre Europa cambió radicalmente; ya no era aquel continente anhelado, lleno de oportunidades. Ahora era el principal enemigo.
Europa, con su desarrollo capitalista, con su mercado mundial y, sobretodo, con la sobreexplotación de los recursos, logró que cada día aquel mundo se encaminara un poco más a la perdición. El legado de Alá se había transformado en un hervidero de blasfemos que, con su involución imparable, retaban al Grandísimo por la hegemonía de la Tierra. El paraíso terrenal ya perdió su magia y por la parte que le tocaba a él, aquella ofensa ignominiosa debía pagarse cara, muy cara.
De repente, Messalí salió de sus tribulaciones matutinas al oír golpear la puerta.
–¡Presidente, Presidente! tengo nuevas noticias de nuestros heraldos en Europa.
–Adelante, alégrame el día –Messalí ya había conocido por la voz a Yebel Al Farron, su ministro en asuntos internos; de nacionalidad argelina, con ideales tan revolucionarios como los suyos aunque de carácter más práctico.

Cuando Yebel, como miembro del ejecutivo argelino, tuvo conocimiento de la cruzada por la unión africana que estaba llevando a cabo Messalí hacía ya diecisiete clandestinos años, no dudó en unirse a él convirtiéndose pronto en su brazo derecho. Juntos consiguieron, en 2053, durante la cumbre de Gafsa, ciudad fantasma en el centro de Tunicia, un rotundo éxito. En aquella reunión histórica se debatió por primera vez la creación de la Unión Confederada de Estados Africanos (U.C.E.A.). Messalí pretendía con este acuerdo, una aproximación de fuerzas panafricanas para luchar contra el imperio del capital que tanto daño estaba causando al mundo; el deterioro más cruel sin duda era el efecto invernadero. Esto era ya un hecho que afectaba a gran parte del hemisferio sur, donde se acumulaba por alguna ineludible razón física de nuestro planeta tierra, así lo explicaban los científicos europeos.
Hablando de esa zona, hay que aclarar que a partir de 2047, la Unión Europea, con países orientales recientemente anexionados como todos los integrantes de la antiquísima Yugoslavia y Bielorrusia, tomó el mando de un mundo a la deriva tras el gran desplome del continente americano, incluyendo Estados Unidos. Este gran país fue también víctima de la furia de la gran falla del Pacífico que, empujada por las corrientes de convección hizo ceder la placa tectónica que contenía la sima que conforma Norteamérica, “tragándose” así el océano la mitad occidental de EE.UU., Canadá y toda Alaska. Los sismólogos sabían que era ésta una zona conflictiva pero ni en el estudio del más pesimista cabía esperar tal catástrofe; prontamente, EE.UU. solicitó ayudas del F.M.I. y de las entidades financieras de cualquier país. En el año 2049, el resto del continente que quedaba en pie se sustentaba todavía a través de ayudas que llegaban; el endeudamiento financiero que sufrió EE. UU. fue enorme; la U.E. no vio otra salida a tan magno problema que un descomunal embargo. No sin buena gana, Europa se adueñó del territorio estadounidense restante; todo ello significó que la U.E. se apoderó del mercado mundial, solventó el resto de deudas de EE.UU. con otros países acreedores y fijó el embargo temporal condicionado a que EE.UU. pagara su deuda, estimada en diecinueve veces su P.I.B. para el año 2048, año anterior al del embargo, algo que parecía verdaderamente imposible.
Así pues, y contado grosso modo, Europa se convirtió en el centro neurálgico mundial; nadie podía hacer nada sin su consentimiento. Ejerció una dictadura económica bajo el sutil velo del libre mercado mundial; tal perspicaz dominación sólo pasaba inspección, en cierto modo, por los medios de comunicación del mundo entero. Y digo en cierto modo, considerando que pocos de ellos todavía no eran controlados por la U.E.

–Los estados de la U.E. se reunieron ayer en París, –Yebel respiró hondo antes de proseguir, parecía embargado de la emoción o fatigado por la prisa– instigados por la O.N.U. para debatir las acciones a desarrollar en cada uno de las zonas afectadas por el efecto invernadero. Han decidido enviar ayuda humanitaria a nuestro continente, ¡por fin!
–¡No seas estúpido, Yebel! –los ojos negros de Messalí brillaban con odio; arrojó su taza de té, ya vacía, al suelo–. No es más que un engaño para poder inspeccionarnos. Seguro que sospechan de nuestro largo período de paz. Su ayuda humanitaria encubrirá un reconocimiento, seguro.

Messalí, hecho un manojo de nervios, comenzó a caminar de un lado a otro de aquel salón presidencial. Todo el subrepticio aparato de su U.C.E.A. podía irse al traste si alguno de aquellos europeos que no tardarían en llegar, descubrían el más mínimo indicio de organización entre los países. Durante años, Messalí se encargó de llevar a cabo guerras ficticias entre estados africanos, con lanzamientos de misiles incluso (a puntos deshabitados, por supuesto), elaboró montajes sobre estas guerras ficticias que harían temblar a directores de cine de acción, para posteriormente entregarlos a agencias de información por medio de heraldos partidarios de su facción. Todas estas contiendas y ataques de unos países africanos a otros suponían dificultades de comprobación para la Unión Europea, dada la cerrada diplomacia existente en estos países; además: ¿a quién le importaba que unos negros se mataran a kilómetros de distancia? En medio de aquella representación, nadie podía pensar que Messalí hubiera logrado unir a todos los pueblos de África para crear estas situaciones falsas.

–¡Vamos, Presidente!, siempre tan negativo. Desde que te conozco no has hecho una sola concesión de duda razonable a Europa, algún día tendremos que salir de esta situación y si ellos no nos ayudan, no tendremos nada que hacer.
–Viejo amigo, pareces rendido, me sorprendes. Estás dispuesto a vender tu alma al diablo del capitalismo más brutal. ¿Qué ayuda esperas obtener de aquel que te hunde en la miseria? Tal vez esperes que levante el pie de tu asfixiado cuello para que puedas respirar unos instantes el contaminado aire de nuestra única patria. De acuerdo, Yebel, allá tú.
–¡Por favor! No seas irónico, no estoy hablando de bajarnos los pantalones con el imperio europeo; estoy hablando de unas ayudas humanitarias imprescindibles para que tu pueblo siga siendo eso, tu pueblo, y no un desierto de cadáveres. O sea que no exageres la situación. Además la ayuda humanitaria la traerá la Cruz Roja, organización que, por si no lo recuerdas, es una O.N.G.
–Ésa sí que es buena. Todavía crees, a estas alturas, que puede haber organismos no gubernamentales que no dependan discretamente de la Unión Europea. ¿Qué ocurrió con Green Peace en 2049?
La conversación subía de tono, cosa por otra parte normal entre dos personas con gran carácter que no lograban casi nunca ponerse de acuerdo en los medios para conseguir el ansiado fin. Messalí siguió llevando la iniciativa:
–¿Acaso has olvidado cuando cayó América?, La siempre benefactora flota de Green Peace y todos sus barcos que antaño se enfrentaban en los caladeros de medio mundo a barcos pesqueros, sirvió para el transporte bélico contra el pillaje a que se vio sometido Estados Unidos. Cuando todo aquello llegó al conocimiento de la prensa, algunos activistas insatisfechos y resentidos de tal agrupación explicaron que su batalla contra la pesca no significaba más que una acción necesaria para una acorde fluctuación de los precios del pescado en el mercado; cuando la tasación bajaba desmesuradamente los países interesados que disponían a su antojo de Green Peace, les obligaban a actuar para que la pesca descendiera y volvieran a subir los precios, todo ello a costa de los trabajadores que perdían su puesto. Yebel ¡amigo mío! me demuestras que eres persona bondadosa y que Alá te dotó de buen corazón, pero no seas tan ingenuo.
–¡Está bien! –pareció ceder en un principio éste–. Supongamos que tengas razón. ¿Qué podemos hacer para evitar que la ayuda humanitaria, o lo que Alá quiera que sea, venga hasta aquí? ¡Oh, sí!, podemos decir: ¡no gracias, no queremos vuestra ayuda, estamos aquí muy bien muriéndonos de hambre! –El sarcasmo en sus palabras y tanto énfasis en sus gestos concluyeron con sus pequeñas lentes volando hasta el suelo.
Messalí esgrimió una sonrisa, le gustaba cuando Yebel se enojaba a la hora de contrarrestar sus argumentos.
–Ya sé que nada podemos hacer ante la inminente visita de esos bastardos, pero no estoy dispuesto a que destrocen lo que me ha costado tanto construir. –Levantando los brazos en señal de plegaria, añadió–: ¡Oh, Grandísimo, que enviaste a Mahoma, no nos dejes perder los estribos del caballo de nuestra liberación en estos momentos de debilidad; infúndenos el espíritu de tu fuerza!
Tras estas palabras, cogió su teléfono móvil de última generación. En cuanto a novedades en comunicación, la U.C.E.A. estaba a la última, considerando la información como método indispensable para su fin revolucionario. En breves instantes apareció en la pequeña pantalla la cara de un somnoliento Saiib Tahome, responsable de reunir la Samadra, institución de reciente creación que databa de 2066, donde se juntaban los Presidentes de los treinta y cinco estados miembros cuando tenían que discutir cuestiones de la clandestina U.C.E.A. y de su F.L.A.
–Saiib, tengo un importante mensaje para ti; por lo visto estamos a la espera de un encuentro con la Cruz Roja europea para dispensarnos ayuda humanitaria. Muy bien conoces tú mis dotes de visionario que han llevado a este continente a la unión, por ello no deberás poner en tela de juicio mi opinión de que ese fin esgrimido por la Unión Europea no es el verdadero propósito de su visita; por todo esto quiero que contactes urgentemente con los jefes de estado para una reunión en Casablanca.
Sin más argumentación colgó, esperando que Saiib hiciera el resto del trabajo.

Casablanca era un lugar de reuniones secreto muy especial que ya se conocerá más adelante. No es la Casablanca de Marruecos. Que Messalí no nombrara más acerca de esta ubicación no se debe a que tuviera miedo a que alguien pudiera intervenir sus conversaciones, puesto que hacía ya tiempo, allá por 2057, uno de sus expertos en telecomunicaciones descubrió un satélite que los norteamericanos dejaron en desuso y, detectando su longitud de onda, lo puso al servicio de Messalí y su apocalíptico fin. No obstante, el gran jefe africano no se fiaba de nada, y no le gustaba desvelar ningún dato importante de la Unión. La existencia de esa otra Casablanca era un dato muy importante.

–Pero, Messalí –se sorprendió Yebel–. ¿Vas a concertar una reunión en Casablanca para poner a toda África en alerta? No creo que sea para tanto, ni que tengas argumentos sólidos para hacerlo.
–No voy a concertar la reunión sólo para eso, tengo alguna noticia que comunicar a la U.C.E.A.: vamos a poner en marcha ya el proyecto de la atmósfera artificial.