Capítulo 1
La marcha de las anémonas
Las delfines saltaban muy bruscamente, como si quisieran imitar la grandeza en peso de las orcas. Se mostraban inseguras. Siempre las toninas manifestaban con cada uno de sus zambullidos en el agua que eran las soberanas en el mar sereno de Chiloé. Algo sucedía. No era una simple pantomima. Esos cetáceos más grandes rara vez navegaban por estos imponentes y silenciosos canales.
El singular centro de investigación, irrisoriamente llamado “World Guide”, era el más aislado lugar de la misma isla que lo recibía. Lo más cercano que tenía era Keilen, un pueblo desolado y apartado de todo el fragor urbano, familiar sólo para las embarcaciones que llegaban para abastecerse de víveres. Y ni eso entorpecía los bajos decibeles de esa naturaleza paradisíaca del mundo.
–¿Desde cuándo que las boyas están silbando lecturas extrañas a Dorfi? –preguntó Marcos Diversinto a uno de sus empleados, haciendo alusión al fiel robot del faro.
–Usted conoce a Dorfi, responde sólo con información melódica. Quizás algo está desajustando sus finos oídos.
–¡Llame pronto a Rolf Krame! Dígale que en menos de un minuto deseo que irrumpa con su acostumbrada insolencia. ¿Qué se cree ese tipo tan déspota, que se manda solo?
Rolf Krame era un sobresaliente científico, un afamado biólogo molecular. Era un hombre delgado, incapaz de enfrentar una pelea a lo gallo. Su escuálida figura disimulaba muy bien sus siniestros pensamientos y su personalidad falaz. Era un resentido social y, como tal, intentaba todos los días esconder su repudio por los demás. Observaba a quien se le acercaba como enemigo probable, pese a que se las arreglaba para andar dando palmadas de saludos a quien se le cruzara en el camino. Pero no podía impedir sus frases sugerentes de detalles morbosos para incomodar a la gente. Eso no lo notaba. Era su forma de mostrar aparente interés por sus colegas y subalternos. Sentía la necesidad de mostrar cariño a quienes pasaban por su camino. Sus padres, ambos antropólogos, fallecieron en un accidente por una ruta que llevaba al Congo. Rolf tenía apenas ocho años. Como sus abuelos paternos estaban muertos y los maternos, separados, y repartidos por el mundo, quedó al cuidado de un tío, un importante empresario, pero siempre ocupado. Sólo dio a este pequeño educación y alimentación.
Ambicioso y con el más agudo sentido de sus pretensiones, Rolf se levantaba cada día con un único objetivo en mente: tumbar a sus colegas del mundo con el desenlace de su descubrimiento. Era el más trabajador. Sólo iba a Castro, el pueblo más desarrollado de Chiloé, unas dos veces por semana para estar con su familia. Amanda Riquelme, su señora, víctima de su agresivo y raro humor, era más bondadosa y sumisa que el pan ante la mantequilla.
Su hijo, André, amaba la naturaleza de Chiloé como si éste no tuviera parangón con ningún otro rincón del Hemisferio Norte o con cualquier otro que el ecoturismo hacía relucir para encandilar a los clientes. Pero André no quería reconocer como suyo a su propio padre, cuya semilla genética del cual había heredado parecía apagada. En su dotación de cromosomas, la materna tuvo que haber impuesto sus reglas.
Tan envenenado hombre había encontrado un potente compuesto en un isópodo, un feo crustáceo de la zona con aspecto de cucaracha que extrañamente alcanzaba los tres centímetros de longitud. La especie, Isocladus bahamondei, lo haría quizás el dueño de un lucrativo negocio en el cultivo de las llamadas células troncales; esas escasas células del organismo, pero abundantes en embriones, que aún no definen ni en estructura ni en función en qué se especializarán hasta el resto de su existencia.
Con la pócima mágica de aquel invertebrado marino y las variaciones que hacía a su molécula activa en simulaciones computacionales, armaba y desarmaba cada día su propio cargamento para hundir hábilmente a las farmacéuticas transnacionales que seguían una vía similar. Luego probaba sus experimentos en embriones humanos para comparar la evolución de esas células.
Entretanto, echaba a los isópodos transgénicos vivos a las aguas marinas. No advertía ningún peligro inminente en esta decisión. Necesitaba observar cómo respondían sus amadas criaturas al ambiente natural. Tal vez, esta acción sería su más infausto error.
Llevaba casi dos años cumpliendo diariamente esta rutina. Las aguas de Keilen mantenían en excelente estado a esos crustáceos que crecían y se reproducían sin problemas. Cada cierto tiempo, recolectaba la mejor cosecha desde el fondo de arena intermarial. La nueva especie prefería residir en las superficies rocosas bajo las aguas de los canales. No se molestó por este cambio de domicilio, más bien el hecho facilitó la captura. Sin embargo, este sitio tampoco terminó siendo el más óptimo de todos. Al parecer, la fauna local detectaba rápidamente a los nuevos miembros.
La principal materia prima de esas células troncales no eran oficialmente los isópodos, sino que los embriones humanos, un verdadero manantial que las contenían en alta cantidad durante los primeros seis días de la fecundación. Estos embriones, clonados o no, presentan una extraordinaria versatilidad para dirigir a antojo la especialización de células que se desee. En estas etapas tempranas, ellos aún no forman cada unos de sus tejidos y órganos. A medida que lo hacen, sus células troncales se convierten en unidades específicas según su destino. De ahí en adelante, aunque todas las células de un organismo contienen exactamente la misma información genética, sólo expresan aquella para la cual se especializaron.
Esas células de procedencia embrionaria se empleaban en ratas artificialmente enfermas. En el laboratorio, se les entregaba a tales células señales externas para inducir en ellas el crecimiento de determinados tipos de células y agregarlas a los animales. Sin embargo, en algún momento, éstas se fusionaban con células comunes en el lugar del implante y nacía una progenie con doble material genético. Obviamente, formaban extraños tumores. En su interior, se podía encontrar dientes, pelos y uñas.
Las células troncales de los embriones se diferenciaban a tontas y a locas. Estaban tan comprometidas con seguir otro rumbo, es decir, constituir un embrión, que perdían especificidad y roles. Al menos estos experimentos servían para entender cómo se convertían tales células maestras en las necesarias para formar un tejido u órgano completo.
El éxito, aunque mediano, se alcanzaba más bien con las células troncales adultas, provenientes de fuentes más éticas, en particular, de la médula ósea, la piel, el cordón umbilical y el líquido amniótico. Muchos tejidos dañados, como la médula espinal en los parapléjicos o el corazón de los infartados, recibían esta restitución celular con buen resultado. Pero la tecnología aún tenía una limitación. No era sencillo contar con gran cantidad de tales células biológicamente indiferenciadas. En las células vivas de un organismo, servían como piezas de recambio celular. Tenían la capacidad de auto-renovarse sólo para utilidad de los tejidos a los cuales pertenecía.
Los registros de la biomedicina se llenaban también con los primeros casos de transplantes a partir de “órganos humanizados” provenientes de cerdos. A estos animales se les inyectaban genes de personas para evitar los rechazos biológicos.
Esos genes fabricaban proteínas de las superficies de las células, de tal manera que, una vez ocurrido el implante, el sistema de defensa humano no desconociera ni destruyera al nuevo órgano. Los transplantes, supeditados a un grupo muy selecto de personas debido al oneroso proceso, funcionaban en el 50% de los casos. Este mercado iniciaba una fase de relativo apogeo.
La creación de órganos naturales que se poblaban con células troncales, según el caso, no avanzaba. El diseño de las matrices mejoraba constantemente, pero no así la complejidad de llenarlas con la diversidad de células que construye un órgano. Y no sólo eso. No había cómo dirigir la especialización de esas células según las coordenadas de un molde, aún carente de señales bioquímicas para guiar el tránsito. El secreto estaba en lo molecular, no en una armazón arquitectónicamente bien armada. Esta receta genética estaba guardada en World Guide con mil cerraduras.
La investigación que hacía Rolf era distinta y mucho más revolucionaria. A través de la nueva fuente de estas células maestras de sus isópodos, que astutamente las convertía en humanas, originaría otras de cualquier tipo para reparar tejidos, pero, sobre todo, para fabricar órganos como los que nunca engendró la propia naturaleza.
Este científico convirtió, astutamente, estas células animales en humanas aprovechando el denominado “ADN basura” que se suponía que no codificaba nada. Es decir, este inútil ADN carente de genes no tenía órdenes para fabricar ninguna proteína, pero sí instrucciones en su código de cuatro letras que ponían más bien a los genes a su servicio. No sólo podría conseguir que tales células troncales crecieran ad eternum, sino que, además, daría a sus células hijas vigorosidad por unos 200 años.
Sus aceptores tendrían un corazón o un hígado funcionando a todo vapor e invulnerables a errores genéticos por dos siglos.
Este hallazgo superaba con creces hasta la obtención de células troncales o madre mediante la clonación con fines terapéuticos, o sea, la creación de embriones personales sin el objetivo de producir copias humanas. El interés por dominar esta tecnología generaba creciente tensión. La carrera competitiva entre firmas transnacionales no tenía límites. Cada una ideaba su propio by pass para anticiparse a la ganancia del cofre de una colosal fortuna. La situación era insostenible. La ambición era insoportable para cualquier mortal común.
La clonación reproductiva, en cambio, seguía siendo absolutamente clandestina. Úteros artificiales recibían huevos con el propio material genético de pacientes longevos y millonarios que deseaban perpetuar algo parecido de lo que fueron. Muchos, a través de esta vía, aspiraban a ser los herederos de su propia fortuna.
Aquí ocurría un acontecimiento extraordinario para la ciencia. El núcleo de una célula adulta, diferenciada del paciente, comúnmente de la piel, desprogramaba su contenido al estar en contacto y fusionarse con el ovocito –de alguna mujer– y se transformaba en una célula troncal “totipotencial”, capaz de dividirse hasta formar un humano completo. Los científicos lograban engañar a la naturaleza y ésta cedía como por mandato a la vida ante todo, pero sin siquiera sospechar ante qué circunstancia. La naturaleza actuaba dúctil, ingenua o simplemente era traicionada.
Y eso no era todo. El ADN de los futuros pacientes no estaría dañado. Sus copias genuinas no expresarían genes anómalos de las enfermedades. Simplemente el genoma entero del portador echaba andar el reloj hacia el pasado, en un tiempo joven, en un tiempo en que los genes causantes de patologías genéticas aún estaban apagados. Tampoco habría genes ya desgastados por la influencia de un ambiente agresivo.
Incluso, se podía intervenir en este proceso para aprovechar que esas células madre condujeran a otras específicas para reemplazar, por ejemplo, a las deterioradas células beta del páncreas en la diabetes juvenil. En esta enfermedad, las personas no lograban producir insulina, porque la hormona era destruida por el propio sistema inmunológico del organismo. Este hecho biológico y trascendente se prestaba para muchas aspiraciones médicas, pero acontecía sólo en presencia de una célula femenina. No una cualquiera; una que preparaba la mujer cada 30 días, una de unas pocas, determinadas en su número durante al edad reproductiva. Entender este hito de la naturaleza implicaba olvidarse de los embriones e iniciar un nuevo tratado en la historia de la medicina.
Rolf Krame se aproximaba a una ruta similar con su propia fuente descubierta. Sin embargo, merodeaban por ahí sus principales enemigos: las anémonas, que comenzaban a devorar a sus isópodos. Necesitaba liquidar de algún modo a estos primitivos organismos para que no malograran sus planes. Sigilosamente, todas las noches, puntualmente a las 21 horas, echaba sobre los canales postot, un compuesto que intervenía en la reproducción sexual, asexuada o hermafrodita de esos antozoos para exterminarlos a través de una rápida extinción local.
Esos invertebrados adherían sus anchos cuerpos cilíndricos a rocas de escasa profundidad, mientras orientaban hacia arriba sus grandes bocas rodeadas de una densa corona de tentáculos. Filtraban con el oleaje la venida de algas e insectos y zooplancton para saciar su hambre.
No obstante, esta especie de actinia, la Anémona de Mar, conocida por los científicos como Phymactis clematis, de unos cinco centímetros de altura, fue equipando lentamente sus tentáculos de estructuras cada vez más urticantes y punzantes para atrapar a sus presas.
El nuevo ambiente enseñaba a prisa a las anémonas que los isópodos del lugar, aunque antes mansos, liberaban una sustancia gelatinosa que inducía en ellas una súbita mutación y que las dotaba de mayores poderes como depredadoras oportunistas. Con la mezcla de este extraño producto y el postot, pronto ellas se transformarían en algo monstruoso que la naturaleza jamás creó. Prácticamente, arriesgarían la cadena alimentaria del mar quieto de Chiloé.
Lo que pronto estaba por suceder era exactamente opuesto al objetivo de un experimento científico que ideaba Isabella. Nacía en el centro de Keilen un mecanismo biológico que sobrepasaría absolutamente los límites del equilibrio ecológico de la Tierra. Era una maquiavélica obra, con efectos que ni su autor alcanzaba a percatar.
Gigantes bocas de las anémonas atraparían todo organismo fotosintetizador y captador de dióxido de carbono, incluyendo este gas disuelto en las aguas. Pero luego gran parte de este gas sería rápidamente devuelto al ambiente mediante algo parecido a grandes sifones que ellas mismas crearían en su parte dorsal. Por estos conductos, ellas dispararían grandes burbujas del mismo gas hacia la atmósfera. El nuevo metabolismo de las anémonas las llevaría a aspirar selectivamente el dióxido de carbono tomado del océano y de los tejidos de sus víctimas.
Tan colosal concentración de gases que ellas captarían sería regresada a la atmósfera con una eficiencia del 97%.
Una vez acumulada una alta concentración gaseosa, las anémonas expulsarían esos gases con una acrecentada fuerza de los músculos de sus sifones que funcionarían como una bomba al vacío. Alzarían sus cuerpos con estos voluminosos tubos orientados a la atmósfera, similares a los canales de una chimenea, para deshacerse de los gases que su propio organismo despediría.
En la medida que proliferaran y mucho antes de morir, dispararían a la atmósfera una enorme nueva fuente de este gas invernadero, amplificando su efecto detonante por todos los océanos de la Tierra. Gran parte del dióxido de carbono no alcanzaría a internarse hacia las profundidades.
Faltaban pocos meses para que las anémonas se transfiguraran en las especies más temidas del planeta.
Rolf Krame había traído a las anémonas desde el Golfo de California y Tierra del Fuego para estudiar esas estructuras típicamente irritantes de sus tentáculos. No halló ninguna molécula relevante para su objetivo. Pero publicó dos artículos acerca de una curiosa flexibilidad evolutiva que había detectado en esta especie. Abandonó luego estas investigaciones para seguir con los suyo y se olvidó de la importación de anémonas, ignorando que las mismas se desprenderían de los roqueríos para iniciar una batalla que destruiría a los isópodos, su nuevo tesoro.
Para poner a prueba sus experimentos, necesitaba mantener vivos a estos isópodos transgénicos en la naturaleza para observar la interacción. Era algo que Marco Diversinto y el resto de los investigadores desconocían. Estas especies eran demasiado pequeñas como para notar su existencia en las aguas de Chiloé. Además, al igual que las anémonas, residían en la zona intermarial, a unos dos metros bajo las aguas.
Las anémonas los devoraban raudamente con sus tentáculos. No sólo habían cambiado este ya habitual menú que periódicamente les ofrecía Rolf. Habían adquirido definitiva y sorprendentemente una extraña movilidad. Los extremos inferiores de sus cuerpos, los que usaban para fijarse a las rocas, se iban transformando en ramificadas y largas aletas, provistas de más mitocondrias que los espermatozoides para nadar energéticamente y fertilizar un huevo.
Tan abrupta metamorfosis de una especie era el resultado de una poderosa reacción química que ocurría entre el postot y esa sustancia gelatinosa que expelían los camuflados isópodos genéticamente intervenidos. La anatomía de las anémonas adquiría un aspecto más parecido a un raro pulpo gigante.
El producto fue un proyectil de fuego. En vez de aniquilar a las anémonas, marcaba en ellas una extraordinaria y eficiente fecundación externa. A medida que nuevos gametos masculinos y femeninos se juntaban, nacían crías con más capacidad para absorber y expulsar una alta cantidad de burbujas de dióxido de carbono a la atmósfera. Los experimentos de World Guide transformarían a estos inofensivos animales, carentes de esqueleto y con bella apariencia de flores, en monstruos marinos que amenazarían la vida en la Tierra.
Fortalecidas en su nuevo proceso evolutivo, empezarían a disparar cientos de miles toneladas de este compuesto secuestrado de todo microorganismo fotosintetizador que consumirían a medida que tomaran una siniestra ruta hacia la Antártida. La corriente circumpolar arrastraría a estas anémonas transgénicas por este itinerario hasta remecer con su existencia a todos los continentes.
En sólo 90 días, las anémonas metamorfoseadas cambiarían la química de esa atmósfera local y en seis meses más toda la zona bajo su influencia podría sentir los efectos del calentamiento.
En menos de un año, el planeta entero sentiría los efectos de este imprevisto cambio climático si las anémonas seguían reproduciéndose, creciendo de tamaño y recorriendo ágilmente los mares.
Todo este gas invernadero, que rebrotaría hacia la atmósfera y herviría las aguas oceánicas, alzaría la temperatura de la Tierra con peores escenarios que los presagiados para 2100. Si para esa fecha las predicciones anunciaban pasar de 380 a 500 partes por millón, con la marcha de las anémonas por los océanos la concentración de dióxido de carbono podría repuntar hasta 1.740 partes por millón.
Ni los mejores modelos podrían simular los efectos a escala de tan pronunciada elevación de esos gases. Únicamente un fenómeno como el que se gestaba podría desatar un escenario tan nefasto.
En un punto tan apartado del planeta la naturaleza tomaba un peligroso curso con efectos desgarradores para la humanidad. Una vez que aumentaran su tamaño y población, las anémonas comenzarían a retirarse de las aguas de Keilen, iniciando su traslado hacia la Antártida. Si eso sucedía, convertirían a este continente en un epicentro de acontecimientos fatales para los dos hemisferios de la Tierra.
Los planes de adaptación de Gaia demandaban auxilio humano.
La apuesta por prevenir el calentamiento global más allá de la incertidumbre acerca de las fluctuaciones naturales del clima ya no tendría sentido.
–Sí, ¿qué deseas? ¿No dormiste bien anoche que me mandas a llamar como un capataz histérico de tierras anegadas?
Fue la acostumbrada entrada que hizo Rolf Krame apenas abrió la puerta del despacho de Marcos Diversinto.
–Hombre, ¡qué impertinente eres! Me asustas como siempre. ¡Tanto te cuesta anunciar tu presencia de manera más amable! Ya, ya sé que dirás que estás ocupado. Oye viejo –expresó Marcos un poco más relajado– sólo quiero averiguar por qué Dorfi está tan atolondrado.
–Continúa –replicó Rolf, impenetrable.
Marcos sólo insinuó molestia, no deseaba evidenciar su furia.
–Los informes no coinciden con los parámetros que acostumbramos tener en estos canales. Parece que la armonía del lugar, con sonidos tan monótonos, aburrió al ente bioplástico.
–Tal vez su exquisita sensibilidad a las más leves fluctuaciones ambientales lo está haciendo exagerar sus mediciones –dijo Rolf, tratando de convencer al jefe.
Marcos casi siempre era incapaz de dominar una situación pese a su empeño constante por imponérselo. Cuando lo hacía, había amanecido con su rara personalidad de frustración consigo mismo. Su inseguridad lo atormentaba. Sacaba entonces su don de mando y, fastuoso, dictaba su sentencia sin argumento sólido. En esta ocasión no estaba confundido.
Rolf no creía en la información que angustiadamente daba Dorfi, pese a que ésta evidenciaba una grave situación capaz de descontrolarse al poco tiempo. Era su responsabilidad directa. Pero simplemente infirió que este robot excedía sus mediciones para encontrar entretención o que su exquisita sensibilidad de sus oídos exacerbaba los registros. Para él, Dorfi era un empleado más, un ente extremadamente amable, con adjudicación de atributos inservibles para sus cometidos. Era un ente creado contra la legislación de Chile y del resto del mundo. Vivía escondido en ese ambiente.
Rolf arrancó la risa a borbotones ante la inquietud de Marcos y respondió con su típico timbre sarcástico de saberlo todo. No necesitaba quórum para validar un acuerdo. Su pedantería era muchas veces intolerable:
–Te aseguro –siguió– que el robot sólo alerta ante datos importantes y, como aquí no pasa nada, se entretiene hasta con el sonido que emiten las charnelas que articulan las conchas de los bivalvos.
–Tú sabes que, a cambio del privilegio de trabajar aquí, nos exigieron mantener la zona libre de cualquier impacto ecológico. Tus investigaciones con los isópodos son de computador. ¿Supongo que no devolverás a estos animales al ambiente una vez transformados en transgénicos? Hay mucha inversión en este proyecto –replicó Marcos, refunfuñando contra lo sucedido.
Marcos tenía gran porte. Era macizo y bien conservado para sus 56 años. Era un ambientalista recalcitrante, inmune a los crímenes humanos de la época, pero no a los cometidos contra cetáceos o cualquier organismo viviente, sobre todo marino. Cuidar el entorno natural era para él más importante que la paz del mundo. El hombre era un estorbo, al menos por haber desatado un aumento demográfico.
Pese a este juicio de su director, la tecnología de World Guide iba a alargar las expectativas de vida de las personas. En cierto modo, eso no le importaba. La población inútil e ignorante no se beneficiaria de los progresos biológicos. Era arribista, muy inteligente y, a veces, extraño. Como profesor, siempre decía “lo que natura non da, Salamanca non presta”. Era arrogante, cuando se lo proponía.
–Claro, lo que importa –dijo Rolf, con un dejo de impetuosidad ante el regaño de su jefe– es que mostremos a la comunidad científica que nuestras células troncales son superiores a la que ella en vano intentan conseguir en sus laboratorios.
–Tenemos que seguir ocultando esta investigación. Tú avanza, que este conocimiento no dará mucho poder. Cuando lo tengamos, las farmacéuticas se pondrán frenéticas y estarán dispuestas a gastar una fortuna por comprar nuestro ingenio.
–Sí, digamos que está todo bajo control. Nos vemos en el almuerzo. Adiós jefe –dijo con un ademán de despedida mientras ya estaba a espaldas de Marcos. Se fue caminando tranquilo. El conocimiento completo lo tenía sólo él.
Una vez sólo, Marcos se aproximó a una panoplia sobre el muro de su oficina cubierto de armaduras y armas anglosajonas. Deslizó esa pared y empujó una puerta que daba a un amplio y oscuro recinto que de inmediato encendió una tenue luz sobre un cuadro colgado al fondo de la muralla. Observó, absorto, “El Grito”, la pintura del artista noruego Edvard Munich, una vez más robada.
Ésta obra era la versión original, la que mandó a saquear al Museo Munch, Oslo, ese mismo año. Él la amaba en su desconfianza ante la vida, invulnerable a la soledad y muchas veces a la falta de cordura de sí mismo.
Era de pocas palabras y apático con la gente más cercana a su vida cotidiana, pero muy encantador y sociable cuando se relacionaba con quienes no estaban vinculados a su trabajo o no conocía bien. Era reconocido como gran abogado ambiental y administrador de grandes firmas. Su principal dilema era soportar a Rolf.
Como muchas personas, Rolf tenía una suerte de cortocircuitos cerebrales que, a veces, lo transformaban en imbécil y desatinado. Era genio, pero maníaco depresivo, desorden bipolar que controlaba con fármacos. Siempre andaba irritable. Un día se sentía depresivo y, otro, en un estado hiperactivo y eufórico. Respondía con una amplia gama de emociones y percepciones inesperadas. Veía el mundo como a través de un calidoscopio, brillante, pero fracturado. La genialidad y la locura se superponían.


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Los Premios Ditmar para la Ciencia Ficción Australiana fueron anunciados el pasado fin de semana durante el transcurso de la
Gracias a la tecnología, también esta vez se ha podido seguir durante la
Es el cuarto y último libro de la tetralogía fantástica Porta Coeli.