El nacimiento
Gabriel revisitado
Clic.
Despertó.
Por unos momentos sólo hubo un limbo gris y vacío a su alrededor. Luego algo varió. Escuchó –tenía oídos–: una pulsación rítmica y acompasada, como los lentos latidos de un corazón. Pero procedía de fuera de su cuerpo –tenía cuerpo–, y no disponía de ningún control sobre ella.
Abrió los ojos –tenía ojos– y contempló un techo blanco, con una fuente de luz circular en el centro que arrojaba una luminosidad casi sin sombras. Giró hacia un lado la cabeza –tenía cabeza– y vio la fuente del sonido: una batería de máquinas adosadas contra la pared, una serie de consolas, todas ellas luces e indicadores, diales e interruptores. Conocía su función. Eran las que lo habían traído a la vida: las que lo habían hecho nacer.
Estaba tendido en una superficie lisa y plana, dura y fría, situada a una altura de un metro sobre el suelo. Apoyó las manos –tenía manos– en ella y alzó la parte superior de su cuerpo hasta quedar sentado. Miró a su alrededor. La habitación donde estaba no era muy grande –un rápido cálculo inconsciente: cuatro por tres, doce metros cuadrados– y, aparte las consolas, la mesa camilla en el centro, un gran espejo que ocupaba todo un paño de pared y una puerta en una esquina, estaba completamente desnuda. Fría y aséptica como una sala de partos.
Acababa de nacer.
La idea le llegó sin tener que ir a buscarla. Parpadeó –tenía párpados–, desconcertado. Bajó la vista y vio el cable. Era grueso –tres centímetros de diámetro–, brotaba de una de las consolas a su derecha y terminaba en su cuerpo, en el centro mismo de su estómago.
El cordón umbilical.
Lo miró durante unos breves instantes, luego llevó ambas manos hasta él. De una forma instintiva, lo sujetó con los dedos –tenía dedos– e hizo un ligero movimiento de torsión, apenas un cuarto de vuelta. Se produjo un leve chasquido, un clic apenas audible, y el cable se desprendió de su cuerpo y se retrajo silenciosamente hasta el interior de la consola. En su cuerpo, allá donde había estado el cable, una especie de iris se cerró, dejando como única huella un pequeño botón de carne hundida, el característico ombligo.
Pasó las piernas –tenía piernas, por supuesto– a un lado de la mesa camilla, las dejó colgar y las apoyó contra el suelo. Captó su temperatura: estaba frío. Aguardó unos momentos, luego puso las manos sobre la mesa camilla, a ambos lados de su cuerpo, se apoyó en ellas y se alzó. Sin saber por qué, había esperado un mareo: una vacilación, un titubeo, una leve y momentánea falta de equilibrio. Se irguió firme y sólido sobre sus pies, con un control y una seguridad absolutos sobre su cuerpo. Giró hacia la izquierda y se dirigió hacia el espejo que ocupaba todo un paño de pared. Se contempló a sí mismo.
La figura que le devolvió la mirada al otro lado del espejo era imponente. Estaba desnudo, y los músculos de su cuerpo destacaban en una piel bronceada: pectorales, abdominales, bíceps, tríceps, deltoides... Su cuerpo masculino era completamente lampiño, pero una densa mata de pelo negro cubría su cráneo. Se giró lentamente a uno y otro lado, observándose atentamente. Metro ochenta de estatura, noventa/cien kilos de peso –ciento dieciocho, dijo aquel algo en su interior: eres pesado–. Un buen ejemplar de ser humano.
Y recién acabas de nacer.
Aquel pensamiento fue como una descarga eléctrica. Algo iba mal allí. Los hombres no nacen adultos. Al nacer son sólo unas cosas pequeñas y lloriqueantes que necesitan años para desarrollarse y convertirse en lo que estaba viendo en el espejo. Nadie nace completo.
No soy un ser humano.
Era un robot.
Al otro lado del espejo, que en realidad era una ventana unidireccional, el doctor Gabriel Vilalcázar se volvió hacia uno de sus ayudantes.
–¿Lecturas?
El otro hombre le entregó un gráfico en una hoja de papel recién extraída de una impresora. El doctor Vilalcázar lo examinó brevemente, frunció el ceño. Miró hacia la ventana, estudió al robot al otro lado, que se contemplaba a sí mismo en el espejo que para Vilalcázar era un cristal. Admiró el robusto y musculado cuerpo, con el orgullo de un artista contemplando su obra: el Miguel Ángel de la robótica, contemplando a su David de carne sintética y metal. Volvió a examinar el gráfico.
–Los parámetros están dentro de la normalidad –dijo el ayudante, y sus palabras sonaron casi como una disculpa.
¿Cabía esperar otra cosa?, se preguntó Vilalcázar. Habían sido tres años de arduos esfuerzos, de batallar con todas las incertidumbres y de enfrentarse a unos directivos que no conocían la palabra experimentación, antes de poder accionar con mano temblorosa aquel interruptor y contemplar los primeros movimientos del hombre-robot en su cubículo al otro lado de la ventana/espejo y ver con un nudo en la garganta cómo él mismo desconectaba su cordón umbilical, dejaba que éste se retrajera suavemente al interior de la consola y, tras un leve titubeo, se sentaba en la mesa camilla, aguardaba unas décimas de segundo –un tiempo casi imperceptible a nivel humano pero significativo en el universo electrónico–, y luego se levantaba y se acercaba al espejo para contemplar su propia imagen.
Está identificándose a sí mismo.
Por unos momentos deseó estar dentro de aquel cerebro. La frialdad del gráfico le decía que funcionaba, pero sus parámetros no le permitían ahondar en sus procesos mentales. Mientras estuvo conectado al cordón umbilical fue un libro abierto. Ahora se había convertido en una entidad autónoma, independiente. Los sensores registraban que existía actividad cerebral, pero nada más.
¿He creado un monstruo de Frankenstein?
Al otro lado, en la habitación de blancas paredes desnudas, el robot pareció terminar su examen. Se dirigió de vuelta a la consola, la estudió. Sus manos se adelantaron hacia el terminal del cordón umbilical, parecieron acariciarlo. Por unos momentos dio la impresión como si quisiera volver a conectarse a él, regresar al seno materno. No terminó el gesto. Retrocedió de vuelta a la mesa camilla, se sentó de nuevo en ella. Durante un tiempo que pareció toda una eternidad permaneció allí completamente inmóvil, como una estatua perfecta, la obra de un escultor griego experto en anatomía, un Miguel Ángel ante su bloque de mármol. Luego miró a su alrededor, como si buscara algo. Y habló.
Su voz era suave, apenas un susurro, sin la menor inflexión mecánica.
–Doctor Vilalcázar –llamó–. Doctor Gabriel Vilalcázar.
Éste se estremeció.
Había recibido el nombre de Proyecto Gabriel, por el nombre de su impulsor, Gabriel Vilalcázar. Y había sido un parto difícil.
Hacía años que los robots antropomorfos se habían convertido en la gran moda, la sensación entre la gente in. No era una tendencia nueva. Al hombre siempre le ha gustado jugar a ser Dios, y desde los muñecos mecánicos de Vaucanson en el siglo xviii la escalada de los robots que imitaban a las creaciones de la naturaleza, desde pájaros a perros y otros animales de compañía, y sobre todo los androides, los robots «humanos» –al menos en su forma– no dejó de desarrollarse.
Pero durante mucho tiempo eso no pasó de ser un mero divertimento, un juego de salón para los diletantes de la alta sociedad. Los robots antropomorfos remedaban los movimientos humanos: subían y bajaban escaleras, servían copas sin derramar ni una sola gota de su contenido, quitaban el polvo y pasaban la aspiradora... Durante un tiempo se hizo famosa la «doncella robot», con su delantal y su blanca cofia almidonados, a la que no le faltaba ni siquiera la voz: «¿Desea algo más el señor, la señora?»
El verdadero trabajo lo seguían haciendo los robots industriales, las enormes máquinas amorfas provistas de aracnoides brazos articulados, los grandes armarios donde se almacenaban enormes bancos de datos. Ésos eran los cerebros. Lo demás sólo eran cuerpos.
Pero eso, inevitablemente, tenía que cambiar. Cuando se llegó a una cierta perfección en la imitación de los movimientos humanos, cuando se dotó a los androides de una apariencia más o menos humana gracias a la invención de la piel sintética y la instalación de músculos flexibles que sustituyeron a las primitivas palancas y levas, los especialistas empezaron a ocuparse también del cerebro de los robots: fue lo que se llamó, quizá no tan irónicamente como parecía al principio, «el síndrome de Frankenstein».
Se había demostrado hacía tiempo que los cerebros electrónicos podían realizar operaciones complejas a gran velocidad. Los enormes ordenadores que controlaban grandes sectores de la sociedad, desde los censos hasta el catálogo de las estrellas, las cada vez más perfectas máquinas de jugar al ajedrez, el juego «humano» por excelencia, apuntaban en una dirección muy precisa en el futuro. El único problema con todas esas máquinas era que eran estúpidas. Necesitaban un programa rígido e inflexible, del que no se apartaban ni un ápice. Bastaba con que se variara la inflexión de la voz al dar la orden para que la máquina, muy educadamente, dijera: «¿Perdón?», y se inmovilizara esperando la repetición de la orden. Había que especificar la tareas con todo lujo de detalles, bajo pena de no ser interpretado. A veces, esto resultaba frustrante.
Poco a poco, sin embargo, las cosas se fueron perfeccionando. La aparición de los cerebros semiorgánicos, que imitaban en parte en sus funciones el sistema neuronal humano, con todas sus capacidades de asociación e interrelación internas, ofreció un gran avance. Fue entonces cuando empezaron a elevarse las primeras voces de alarma. Alguien recordó a Capek, a los cientos de novelas y películas que hablaban, en mayor o menor medida, de «la rebelión de los robots». A medida que las ahora llamadas por muchos «máquinas pensantes» y «máquinas inteligentes» iban adquiriendo una cierta dosis de iniciativa, hubo un movimiento de alarma, precaución y rechazo. Por primera vez se dictó una legislación que afectaba a los robots: la necesidad de crear una limitación básica a sus cerebros tomó forma en lo que se dio en llamar las tres Leyes Fundamentales. Curiosamente, el autor de dichas leyes no era un científico, sino un escritor de ciencia ficción que había vivido y muerto un siglo antes de su promulgación. Las leyes decían taxativamente: «Un robot no puede causar daño a un ser humano o, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño; un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos excepto cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley; un robot debe proteger su propia existencia en tanto que esta protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.»
Por supuesto, estas leyes fueron consideradas al principio ridículas: ningún robot poseía la autonomía suficiente como para decidir nada, y mucho menos para causar daño a un ser humano. Los robots vengativos de R.U.R. no eran más que una ficción, y se había demostrado más allá de toda duda razonable que los accidentes en los que se habían visto implicados un robot y un ser humano no habían sido más que eso, accidentes.
Así, la humanidad aprendió poco a poco a convivir con los robots. Eran unos juguetes deliciosos, que encantaban a los niños, hacían las tareas de la casa y ayudaban en mil y una labores. Los modelos básicos eran meros «aparatos», pequeños armarios más o menos cilíndricos con patas o ruedas y provistos de brazos, que resultaban divertidos además de útiles. Pero existían también los robots realmente androides, creados más por lujo que por utilidad, auténticos caprichos para curiosos, diletantes y snobs, que poco a poco fueron ganando prota-gonismo, sobre todo a medida que se iban fabricando con una apariencia cada vez más humana.
La Industrial Robotics, con sede en Hong Kong, era la principal productora de robots de todo el mundo, muy por delante de la IRM, la International Robotic Machines, afincada en los Estados Unidos. Sus robots eran fiables, estaban bien diseñados..., y eran baratos. Gabriel Vilalcázar llevaba doce años trabajando en ella. Tras licenciarse en robótica por la Universidad de Madrid, hacer varios cursos de especialización en la Sorbona, y doctorarse en el MIT, permaneció un cierto tiempo en España, pero las pocas oportunidades que ofrecía el país en el campo de la investigación le hicieron emigrar, como muchos otros, a Estados Unidos. Después de cuatro años en la IRM, no pudo resistirse a la oferta que le planteó la Industrial Robotics, no solamente económica, sino de libertad de investigación. El traslado a Hong Kong fue al principio un trauma, sobre todo para su esposa, con la que llevaba casado ocho años. Aunque la ciudad estaba plenamente occidentalizada, la diferencia de culturas fue todo un shock al que le costó adaptarse, sobre todo cuando se trasladó de la isla, agobiada por la falta de espacio y dominada por la construcción vertical, a la factoría de la Robotics en las inmediaciones de Tuen Mun, en el continente, un gran complejo industrial que en aras de la seguridad era una mezcla de campamento militar y campo de prisioneros donde las trabas para salir eran tan complicadas como las trabas para entrar.
Allí, Vilalcázar pasó un par de años mejorando las distintas versiones de los veintitrés modelos de robots «domésticos» de la firma. Y fue allí donde concibió a su robot. El proceso le llevó tres años y le costó su matrimonio.
–Está usted loco –fue lo primero que le dijo Rolf van Ripple, el jefe de investigación de la Robotics. Desde que China abrazara el capitalismo, había abierto sus puertas al exterior, y había contratado a un gran número de personal directivo procedente de otros países con la esperanza de crear con el tiempo sus propias generaciones nacionales de personal altamente capacitado que lo sustituyera. Las había creado, pero no sustituido; el personal directivo extranjero seguía aferrado a sus puestos, e incluso en aquellos momentos más de un cuarenta por ciento de los directivos de primer nivel en las empresas punteras en el campo de la alta tecnología seguía siendo originario de otros países. Van Ripple era holandés, y había renunciado a un alto puesto gubernamental en I+D en la Unión Europea para aceptar el reto de llevar a la Robotics a la primera línea de la vanguardia electrónica. Y lo había conseguido, gracias a esa mezcla difícilmente alcanzable de atrevimiento, sentido común y profundo conocimiento de las arenas movedizas en las que se movía constantemente y que había adoptado como política de empresa.
Pero la propuesta que le había presentado Gabriel Vilalcázar iba más allá de todo lo que podía considerarse factible y juicioso.
–No podemos crear un robot sin Leyes Fundamentales –dijo–. Es un riesgo demasiado grande.
Vilalcázar se había echado a reír.
–¿Por qué? –exclamó–. Vamos, Rolf, usted es una persona sensata y razonable. Sabe muy bien que las Leyes Fundamentales no son más que una concesión a los alarmistas, un residuo de los antiguos temores del hombre ante la máquina. Por su propia naturaleza, un robot tiene grabada en su cerebro una máxima imborrable: Servir al Hombre. Jamás un robot causará daño a un ser humano, a menos que sea por accidente.
»Además, ésta no es la característica principal del proyecto, aunque reconozco que es la más llamativa. La idea básica es crear un robot virgen: un robot autodidacta, que vaya aprendiendo por sí mismo a partir de lo que le rodea y se vaya creando su propia experiencia como lo haría un ser humano...
Van Ripple, por supuesto, no se había mostrado convencido. El proyecto que le había presentado Vilalcázar era demasiado atrevido..., rompedor, lo había calificado. Rompía con todos los esquemas de la misma robótica.
Y, sin embargo, la idea no dejaba de ser atractiva. Clavaba una cuña hasta lo más profundo de las bases mismas de la robótica antropomorfa. Un libro de reciente aparición y enorme éxito, El mito del androide: ¿por qué un robot humano?, había puesto el dedo en la llaga. Los antropomorfos eran menos eficientes y mucho más caros que los prácticos, sencillos y mucho más económicos robots tipo «tubo», esas «papeleras con brazos» como habían sido llamados humorísticamente. ¿Por qué entonces se seguían fabricando, y la gente los adquiría? Ya no era puro esnobismo. Era algo mucho más profundo, iba a las raíces mismas de la naturaleza humana. El deseo de crear, el anhelo de remedar a Dios. Entonces, ¿por qué no hacerlo plenamente?
Ésta había sido la propuesta de Gabriel Vilalcázar a la Industrial Robotics. Aunque orientada principalmente a la utilización industrial de la robótica –de ahí su nombre–, la Robotics tenía una división que recibía el en cierto modo irónico nombre de «social», dedicada a lo que eufemísticamente llamaban «robots de compañía»: robots doncellas, robots tutores, incluso robots jugadores de golf. Reportaba saneados beneficios a la empresa, aunque según sus directivos era mantenida tan sólo por «prestigio empresarial», y el plato fuerte de la producción seguían siendo los voluminosos y multiarácnidos robots industriales y los grandes armarios de las enormes bases de datos.
El pilar sobre el que sustentaban los robots «sociales» era la imitación humana. Ciertamente, los últimos avances habían ido acortando cada vez más las diferencias físicas entre hombre y robot: la imitación era cada vez más perfecta. Los cerebros orgánicos habían permitido que la mente de los robots funcionara cada vez más como el del hombre, con todas sus inter-conexiones internas. Y sus cuerpos se habían ido aproximando cada vez más a los humanos gracias a la carne sintética y al empleo de fibras musculares que hacían que sus movimientos perdieran la brusquedad y rigidez de los antiguos modelos. Por supuesto, nadie podía quitarles todavía una cierta dureza de movimientos y una clara inexpresividad que los identificaba de inmediato como robots, pero el conseguir una semejanza completa era sólo cuestión de tiempo.
Entonces, decía Vilalcázar, ¿por qué no ir directamente en esta dirección?
Su propuesta era atrevida. No centrar la construcción de un robot en su finalidad, sino exclusivamente en su semejanza con el ser humano. En pocas palabras, crear un hombre artificial.
Los medios estaban a su alcance. Los distintos perfeccionamientos en cibernética permitían sustituir artificialmente casi todas las funciones orgánicas humanas. Los antiguos trasplantes, con todos sus problemas de rechazo, habían quedado obsoletos ante el auge de los órganos artificiales elaborados con aleaciones antirrechazo, y a partir de los órganos cardíacos artificiales pioneros –válvulas, arterias, incluso corazones enteros–, prácticamente cualquier órgano humano podía ser sustituido dentro del cuerpo por otro artificial, y de hecho muchos hombres y mujeres iban ya por el mundo con ellos en su interior, y la palabra cyborg había perdido todo su significado. Incluso los órganos sexuales podían ser implantados con éxito, y el auge de los «robots sexuales», que habían arrinconado a las antiguas muñecas –y muñecos– hinchables y habían asestado un golpe mortal a la prostitución, era una buena prueba de que el «hombre artificial», tanto del género masculino como del femenino, era en la práctica una realidad.
Entonces, decía Vilalcázar ¿por qué no ir hasta el final? ¿Por qué no crear deliberadamente un ser humano completamente artificial, tan parecido como fuera posible a un ser humano orgánico, tanto en su exterior como en su interior? Por supuesto, habría diferencias. Su esqueleto sería de titanio y no de hueso, necesitaría una pila de combustible que proporcionara la energía eléctrica necesaria para mover su cuerpo en lugar de basarse en la digestión de los alimentos, pero podría emplear un corazón y un sistema circulatorio para trasladar la energía a todas las partes del organismo, incluso podría dotársele de un simulacro de sistema digestivo –¿cuántos hombres había ya en el mundo con un estómago o unos intestinos artificiales?– que le permitiera comer y excretar, aunque esa función fuera inútil.
Y la mente...
Eso era lo que había hecho a van Ripple calificar de loco a Vilalcázar. Porque en el fondo sabía que éste tenía razón en ese aspecto. Los más recientes perfeccionamientos en los cerebros orgánicos de los robots de última generación habían hecho que las diferencias funcionales entre un cerebro orgánico y uno mecánico (mecánico: otro eufemismo) fueran casi inexistentes: la materia orgánica artificial de un cerebro robótico, cultivada y desarrollada escrupulosamente en grandes tanques estériles, tenía las mismas propiedades y los mismos sistemas de conexiones neuronales que la materia natural de un cerebro humano, y era mucho más resistente y no «envejecía» con el tiempo ni se «alteraba» con la acción de agentes externos como le ocurría a un cerebro humano. (¡Incluso se estaba hablando de la posibilidad de sustituir el cerebro humano por uno artificial, si se pudiera conseguir de algún modo transmitir la información de uno a otro!) La conexión del cerebro a las distintas partes del cuerpo se producía a través de una médula espinal mucho más protegida que la humana, autorreparable en caso de lesión y mucho más resistente. La única diferencia entre un cerebro humano y uno artificial era su programación original, lo que se introducía en él.
Y ésta era precisamente la base del proyecto de Gabriel Vilalcázar. El cuerpo robótico no tenía ningún problema: lo único que se necesitaba era afinar al máximo los detalles de modo que se eliminara en lo posible esa «roboticidad» que delataba a los robots actuales. El problema era el cerebro.
Vilalcázar lo había resuelto de una forma osada y radical. Una de las características de un cuerpo robótico era que no se desarrollaba. Podían sustituirse partes de él, pero se mantenía durante toda su vida útil tal como había sido creado. Pero su cerebro sí podía desarrollarse. Un robot normal, al ser puesto en funcionamiento, tenía ocupada menos de una décima parte de su cerebro: con el programa de aprendizaje básico, los de condicionamiento e inhibiciones y los específicos de la misión para la que había sido adquirido. Por supuesto, se producía realmente un desarrollo cerebral a lo largo de toda su vida útil a través de los recuerdos y la experiencia, pero su programación no contenía el «deseo de aprender». El robot tipo transcurría toda su existencia sintiéndose satisfecho con lo que era y con el lugar que ocupaba en el mundo.
Vilalcázar proponía que su robot naciera con solamente un programa básico de conocimientos generales, sin condicionantes ni inhibiciones, y uno auxiliar de «deseo de aprender». Así, corporalmente, sería un adulto desde su nacimiento, pero mentalmente sería un niño con la capacidad de ir aprendiendo progresivamente. La forma en que se produjera ese aprendizaje y las direcciones que adquiriera serían la auténtica finalidad del proyecto, y proporcionarían a la Robotics una gran cantidad de información útil que les permitiría mejorar enormemente sus productos.
–Pero crear un robot sin ningún tipo de inhibiciones... –había protestado una vez más van Ripple, obsesionado siempre por las Leyes Fundamentales.
–Se tratará tan sólo de un modelo experimental –había argumentado Vilalcázar–. Nunca saldrá de estas instalaciones. Será nuestro conejillo de indias. ¡Piense en lo que podemos llegar a aprender de él!
–Sí, pero, ¿por qué hacerlo tan humano?
–Eso es lo más fundamental. Necesitamos parangonarlo en todos sus aspectos con un ser humano para poder estudiarlo. No sólo su cerebro, sino también su cuerpo. –No dijo que lo que más le interesaba del proyecto era precisamente ver si el robot seguía siendo consciente de su naturaleza robótica a lo largo de todo el proceso o se producía algún tipo de humanización, una asimilación con la naturaleza humana. Puede que en el fondo van Ripple pensara también en aquello, pero en esos momentos su cabeza estaba ocupada por otras ideas.
–No sé –dijo–. Déjeme estudiarlo.
Necesitó seis meses para decidirse. Seis meses en los que Vilalcázar lo inundó con nuevos datos sobre el proyecto, informes, gráficos, sugerencias, estadísticas, más informes, más gráficos, más sugerencias. Trabajó día y noche en ello, hasta el punto de que su matrimonio, ya afectado desde su llegada a Hong Kong, se resintió gravemente. Pero al fin obtuvo su recompensa. A lo seis meses y tres semanas de plantearle por primera vez su idea, van Ripple dio luz verde al proyecto.
–Pero el robot nunca saldrá de estas instalaciones –dijo.
–Por supuesto.
–Y me mantendrá usted diariamente informado de los progresos.
–Evidentemente.
–Y...
Enumeró toda una serie de condiciones, algunas obvias, otras innecesarias, buena parte de ellas absurdas. Vilalcázar dio su consentimiento a todas, casi sin escucharlas. Lo único que deseaba era ponerse a trabajar.
La construcción del robot duró tres años. Tres intensos, angustiosos y apasionantes años en los que los problemas se sucedieron ininterrumpidamente, cada uno más grande que el anterior. Se crearon soluciones novedosas a muchos de ellos, que la Robotics aprovechó rápidamente para introducirlas en sus cadenas normales de producción. El presupuesto se disparó al triple del presentado originalmente, pero no importó demasiado, porque los beneficios colaterales obtenidos estaban cubriendo ampliamente los costes adicionales. El matrimonio de Vilalcázar se fue a pique, pero tampoco importó demasiado, porque últimamente lo había sido todo menos un matrimonio. Y al final, tres años, ocho meses y diecisiete días después de que hablara por primera vez a van Ripple de su proyecto, Gabriel Vilalcázar, director adjunto de investigación de la Industrial Robotics de Hong Kong, contempló al fin cómo el robot que había creado se desconectaba por sí mismo de su cordón umbilical, se levantaba de su mesa camilla y se contemplaba detenidamente en el espejo que para él era una ventana.
Admiró el cuerpo desnudo que tenía ante sí, en absoluto distinto al de un musculoso ser humano, y luego miró el gráfico que tenía entre sus manos y que reflejaba la actividad cerebral del robot.
–Voy a entrar –le dijo a su ayudante.


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