Versión de texto
Versión de texto

Juan José Aroz Contacto Información legal

Versión imprimible

Cinco días antes

Devoradores

Prólogo

El corazón de Atenea
1
Como cada mañana de las que habían ido formando su vida...
Waba Luba iba recogiendo las hierbas para su alimentación y la de los jóvenes. Las hierbas eran tiernas y no necesitaban ser masticadas. Se deshacían en la boca. Waba Luba iba comiendo algunas a medida que las arrancaba, pero en su mano izquierda guardaba las más largas para llevar a los jóvenes, o a los ancianos; ancianos más viejos que ella misma, que ya no solían ir con frecuencia por sí mismos a procurarse el alimento. Por la mañana eran las hierbas, que a veces permitían formar con ellas una especie de odres con los cuales llevar un poco de agua a los más ancianos de los ancianos.
Waba Luba se acercó al borde del río y contempló su imagen reflejada en él.
Luego se inclinó y bebió de la fresca agua, hundiendo la cabeza en el río casi hasta el cuello, sacándola a continuación y sacudiéndola. El agua estaba moderadamente fría y sentirla circular por su cuerpo, descender hasta su estómago, le producía unos leves y agradables escalofríos. Abrió mucho los ojos y los hizo girar circularmente. Se lavó las manos en el agua y después también las hierbas que llevaría a los más ancianos de los ancianos. No era una tarea necesaria, pero a todos les gustaba hacerla y era una pequeña atención hacia quienes ya no podían recogerlas debido a su edad.

Como cada tarde de las que habían ido formando su vida...
Waba Luba iba recogiendo terrones de tierra en un odre confeccionado con hierbas, para llevárselos a los más ancianos de los ancianos. Ella comía pocos terrones, pues no le gustaban especialmente. Aunque ello podía ser debido a una herida que se hizo de pequeña en el interior de la boca y que según le decían en broma le había alterado el sentido del gusto para según qué comida. Por la tarde eran los terrones, que solían gustar en especial más a los jóvenes que a los ancianos, pese a que en realidad eran quienes más deberían de comerlos. Los terrones eran la comida más nutritiva para todos.
Waba Luba escogía los más hermosos y colorados, los más grandes. Sabía que la consideraban la mejor seleccionadora de terrones, y se sentía orgullosa de serlo. A Waba Luba le gustaba que, a su edad, siguiera siendo útil en algo, la considerasen todavía hábil en algo. Pero no sería mala idea que los más jóvenes le acompañaran de vez en cuando y aprendieran ellos también a seleccionar. Pero, claro, eran de otra manera. Ella también lo fue, mucho tiempo atrás...

Como cada noche de las que habían ido formando su vida...
Waba Luba iba recogiendo los frutos redondos y rosáceos que tomarían antes del sueño. Los tomaban todos: jóvenes, ancianos... Eran tiernos y jugosos y producían buenos sueños de contacto. Por la noche eran los frutos, que despedían el día y hacían posible la llegada del siguiente. Waba Luba tenía los brazos lo suficientemente largos como para recogerlos y a veces las ramas estaban tan cargadas que su propio peso las hacía inclinarse y Waba Luba las podía recoger con mayor facilidad. Depositaba los frutos en un odre de hierbas recién cogidas, odre que se comería al día siguiente apenas despertase, pues, a su edad, necesitaba comer algo tan pronto como el sueño terminaba. Luego, iría repartiendo los frutos a unos y a otros, según les encontrase y alguien también le daría alguno a ella, como intercambio. Cada uno se comía los suyos o los que había ido recibiendo, y luego venía el sueño y el final del día.

Y entonces llegaron ellos.
Descendieron del cielo envueltos en radiante metal, brillando como dioses. Rivalizaban
con el sol, y estaban llenos de cristal, metal, ruido y fuego, resonando en las montañas, cubriendo el propio sol. Y de su interior salieron seres. Seres que se movían, y que iban envueltos en una prisión de blanco y de plata, que se movían, oscilaban, con dos cabezas: una prisionera en el interior de la otra. En sus manos también brillaba y parpadeaba el metal. Las luces les envolvían: blancas, rojas, verdes, azules... A continuación se despojaron de la primera cabeza, la transparente, y dejaron ver la segunda: color rosa con negro encima. Y las formas de plata brillante fueron hacia ellos, porque ya les habían visto. Un agujero se formó en el centro de la segunda cabeza y brotaron sonidos de ella.
Salutations de la Terre. Nous sommes venus ici pour vous porter notre paix et amitié. Congratulations from Earth. We are here for bring to you peace and friendship. Saludos de la Tierra. Hemos venido para traeros paz y amistad.
Waba Luba no entendía aquellos sonidos, su significado. Pero de una cosa estaba absolutamente segura: los días de tranquilidad habían terminado para siempre.

2
Para William Murray el deber y la responsabilidad estaban ante todo.
Lógico. Había visto rodar la cabeza de un superior suyo a causa de un fallo de ambos. El hecho había ocurrido en uno de los talleres de Marte, cuando contaba apenas veinte años y tenía como jefe a un perfecto necio de treinta. Un petimetre que había escalado con una rapidez sorprendente debido a unos no menos sorprendentes contactos... Así que estaba allí, en Marte, encargado de supervisar la puesta a punto de los motores de las astronaves y tenía como ayudante directo al joven Willliam "Bill" Murray, deseoso de aprender todo cuanto en los mundos del espacio se pudiera aprender.
El petimetre vio que éste era una presa más o menos maleable y se dedicó a lo que no se había podido dedicar en su escalada hacia los puestos directivos: irse de juerga. Muy discretamente, de una forma perfectamente justificada y con coartadas que le cubrieran las espaldas. Dejaba a Murray como encargado y desaparecía tres, cuatro horas o incluso toda una mañana o una tarde enteras. Bien, no pasaba nada. El personal técnico era excelente, los encargados sabían a veces mejor que el propio figurín cuanto había que hacerse y lo realizaban, mientras Murray permanecía a caballo de dos despachos –el suyo y el del verdadero director–, ligeramente fastidiado y no poco admirado de la audacia de su jefe.
Hasta que ocurrió la tragedia.
Una tarde el petimetre tenía un "encuentro" especialmente delicado y le informó de que estaría ausente y que quedaba al mando... siempre y cuando nadie lo supiese. Murray se encogió de hombros. No había trabajo en ese momento y no había por tanto nada por lo que preocuparse. El figurín podía perderse por cualquier galería marciana y nadie lo sabría nunca. Y todo transcurrió con normalidad hasta que, de repente, llegaron unos motores que debían ser verificados con urgencia para ser llevados de inmediato a Titán. Murray frunció el ceño. Era un tipo nuevo de motor y el personal no estaba familiarizado con ellos. ¿Autorizaba el director la revisión? ¿Pedía el director personal extra para la comprobación? ¿Máximas medidas de seguridad? Debía adoptar una decisión y dijo que adelante, desde el despacho del petimetre, poniendo la pantalla de vídeo en distorsión para que quienes le vieran le tomaran por el auténtico director. Ordenó la revisión normal por el personal habitual y con las medidas normales. Perfecto.
No tanto. Los motores eran defectuosos, la carga radiactiva estaba descontrolada a causa de una leve grieta y el resultado fueron cinco muertos y siete trabajadores con quemaduras en todo el cuerpo. Murray corrió a esconderse en su verdadero despacho y trató de localizar al figurín.
Cuando éste apareció (sin que nadie hubiera sospechado su ausencia) fue quien pagó los platos rotos. Tuvo que admitir que las órdenes las había dado él y que la responsabilidad por las muertes y los heridos era suya al tomar una decisión imprudente. No podía decir que se había ausentado de su puesto dejando en su lugar a una persona no convenientemente preparada para esa decisión, pues en tal caso le hubieran acusado no de imprudencia temeraria, sino de cosas mucho peores, y en vez de ser degradado de su cargo hubiera sido acusarlo formalmente y condenado a cumplir una muy larga condena penitenciaria.
Murray, pálido como una hoja de papel, asistió al desarrollo de la investigación. El director se portó. Pero no por él, sino en interés propio. Si decía que las órdenes las había dado Murray, sólo conseguiría aumentar su castigo, y el placer de llevárselo por delante no era ninguna compensación. El verdadero idiota irresponsable había sido él, no el joven Bill Murray.De este modo, lo pagó el director y Murray pasó totalmente desapercibido ante el comité investigador. Pero tomó nota mentalmente de la lección.